
Flaquearon sus fuerzas.
El corazón se le partió en mil y un pedazos que encontraron consuelo en las alas de los ángeles. Su alma floreció desde lo más profundo de la tierra y se enganchó en miles de piedras bañadas en estiércol. Las hojas marchitas del suelo le hicieron de parapeto. Su cuerpo se desplomó con el peso del ocaso sobre sus espaldas. Fue un sentimiento voluntario y certero que se hizo extensible a un simple gatillo. Un movimiento automático le arrancaba la vida dejando tras de sí un rastro de humo blanco en el aire. Su madre permaneció en pie más lejana que nunca, extendiendo sus brazos hacia lo más alto. Fue un silbido imperceptible al oído de las lombrices. Los escarabajos se apresuraron en engullir las porciones inertes de su cuerpo frío y desnudo. La pólvora roció de azul cielo su tez blanca como el papel. Los búhos cerraron sus ojos. Una bala atravesó el corazón de una manzana.
El corazón se le partió en mil y un pedazos que encontraron consuelo en las alas de los ángeles. Su alma floreció desde lo más profundo de la tierra y se enganchó en miles de piedras bañadas en estiércol. Las hojas marchitas del suelo le hicieron de parapeto. Su cuerpo se desplomó con el peso del ocaso sobre sus espaldas. Fue un sentimiento voluntario y certero que se hizo extensible a un simple gatillo. Un movimiento automático le arrancaba la vida dejando tras de sí un rastro de humo blanco en el aire. Su madre permaneció en pie más lejana que nunca, extendiendo sus brazos hacia lo más alto. Fue un silbido imperceptible al oído de las lombrices. Los escarabajos se apresuraron en engullir las porciones inertes de su cuerpo frío y desnudo. La pólvora roció de azul cielo su tez blanca como el papel. Los búhos cerraron sus ojos. Una bala atravesó el corazón de una manzana.
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