Decidió no ver, no sentir, no volver a creer en posibilidades
Comenzó a caminar como los burros.
Aquella voz hacía que tambaleasen sus determinaciones. Era como el canto de una sirena anunciando el apocalipsis de las constelaciones. Cuando de su boca manaba la esdrújula de su nombre ella fijaba sus iris en el suelo para no desear que lo repitiese de nuevo. Se limitó en palabras y se dejó mecer al calor y al abrigo de los silencios, que eran pocos pero bien hechos y perfectamente distribuidos. Optó por ocultarse tras sus pestañas, siempre cortas y raras. Inventó un himno y una onomástica. Así, directamente.
Se propuso estudiar la fauna ingrávida. Dominó el mundo de los grajos y de los pelícanos de río. También decidió hacerse mimo espiritual para pasar de puntillas en un mundo de aforismos espurios. Si quería, podía dormirse con el arrullo de las olas, aquellas mismas que siempre morían en la arena mestiza bajo el cielo de barlovento. Si la noche se antojaba violácea era incluso capaz de pintar miles de grillos sin alas, con ojos tristes y sonrisa huraña.
Displicente y aparentemente fría, quiso forjarse al alba como animal cimarrón con una chulería que se presumía más ajena que propia.
Así pasaban sus horas muertas.
Aquella ciénaga emocional duró poco tiempo.
Un buen día echó la bilis sin perder la compostura.
Siempre altiva y sin muchas lisonjas, decidió dedicarle un retal en sus memorias al honor de ese sentimiento velado y, al mismo tiempo recurrente y cansino, que la llevaba por la calle de la amargura. Era aquella una manera de poner límites a un ansia desmedida y desaforada. Sin ton ni son. Acordó que sólo en las noches de luna llena concentraría sus esfuerzos en desdibujar aquel rostro efímero, dulce y a la vez adormilado por las mil y una noches entre penumbras y desiertos. Un conato de perfección delirante, de aire suave y hechura delicada. Algún día -pensaba- ya no será ni siquiera un nombre. Pero esto sólo podría darse en las noches de luna llena porque, cuando ésta menguase, sus pupilas tendrían luz verde para inclinarse revoltosas y observarlo de soslayo . Tendría que apelar sin remedio a su, más que quebradiza, fuerza de voluntad. Aquello siempre la dejaba con cierta intriga en las uñas.
Se propuso estudiar la fauna ingrávida. Dominó el mundo de los grajos y de los pelícanos de río. También decidió hacerse mimo espiritual para pasar de puntillas en un mundo de aforismos espurios. Si quería, podía dormirse con el arrullo de las olas, aquellas mismas que siempre morían en la arena mestiza bajo el cielo de barlovento. Si la noche se antojaba violácea era incluso capaz de pintar miles de grillos sin alas, con ojos tristes y sonrisa huraña.
Displicente y aparentemente fría, quiso forjarse al alba como animal cimarrón con una chulería que se presumía más ajena que propia. Así pasaban sus horas muertas.
Aquella ciénaga emocional duró poco tiempo.
Un buen día echó la bilis sin perder la compostura.
Siempre altiva y sin muchas lisonjas, decidió dedicarle un retal en sus memorias al honor de ese sentimiento velado y, al mismo tiempo recurrente y cansino, que la llevaba por la calle de la amargura. Era aquella una manera de poner límites a un ansia desmedida y desaforada. Sin ton ni son. Acordó que sólo en las noches de luna llena concentraría sus esfuerzos en desdibujar aquel rostro efímero, dulce y a la vez adormilado por las mil y una noches entre penumbras y desiertos. Un conato de perfección delirante, de aire suave y hechura delicada. Algún día -pensaba- ya no será ni siquiera un nombre. Pero esto sólo podría darse en las noches de luna llena porque, cuando ésta menguase, sus pupilas tendrían luz verde para inclinarse revoltosas y observarlo de soslayo . Tendría que apelar sin remedio a su, más que quebradiza, fuerza de voluntad. Aquello siempre la dejaba con cierta intriga en las uñas.
Moría entre dientes cada tarde. Treinta y siete días al mes.
Dicen.
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