¡WOOOOOOW!
¿Recuerdas el día que
nos conocimos? ¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Veinte años? Puede
que más si cabe. Tú al menos sí debes conservar intacto ese instante. Si no me
equivoco y, sabiendo un poco de qué pie cojeas, lo tendrás bajo llave y cúpula
de cristal grueso para que no lo rocen ni las mareas. Tú eres así. Vives de medias
verdades o de espejismos categóricos como quien vive del agua o del aire. Eres la
ameba originaria. Eres el sol de los protozoos y de los cangrejos de río. Un caldo
de cultivo pero sin vinagre, no vaya a ser que pierdas las patitas. Tu mente abarca
lo que abarca el infinito. Nunca has sido de los que olvidan las fechas
importantes. Me confieso. He de pedirte disculpas, no te puedo decir lo mismo. Ya me conoces,
gozo de una gran facilidad para olvidar esa tercera cucharada de azúcar que
nunca le pongo a la tarta de queso. Por más que me concentro en el enésimo
punto negro de tu nariz ni siquiera logro evocar un instante inicial, una génesis
apoteósica de violines y mariposas revoloteando de tu pelo al mío. No. Por más
que he tratado de resolver la ecuación siempre me ha dado negativo. No sé
chico. Siempre he sido de memoria volátil y difusa pero, ¿tanto?Lo único que sé es que me diste de beber un día y yo quedé prendada de tu menta fresca. Menudo canguele. Cómo me suena esto a los aquelarres a campo abierto de la noche de difuntos. Pero no, tú no juegas en esas ligas. Eres de esos que abocan al vicio y a la indecencia gracias a la seducción y al meloseo. De los que aparece sin más, una noche, y te pregunta el nombre con esa mirada que envuelve en papel de regalo con lacito rojo y pegatina. Tu ausencia, en sí misma, parece que llama y te pide a gritos. Si faltas te invento. Te inventamos. Te provocamos. Te evocamos y, como por arte de magia, llegas planeando como las gaviotas que anunciaban la tormenta picoteando los cristales de mi ventana durante el entretiempo. Llegas fuerte. Altivo. Soberbio. Cuando agonizas me deshago en detalles para mantener tu honor y tu fachada férrea y dura. Casi implacable. Impenetrable. Imperturbable. Eres de esos que hacen al otro. Como el hábito pero con un séquito de monjes franciscanos con capucha y túnica. De vez en cuando tampoco cogulla y escapulario te faltan. Configuras y desfiguras a tu antojo. Vistes y desnudas según te viene en gana. Destruyes más que fabricas. Desconfías más que amas. Adoleces de envidia insana. Finges. Lastimas. Engulles. Escupes. Derramas. Arañas. Ahogas. Hieres. Incitas. Envenenas. Soliviantas. Provocas. Empujas. Incendias...
Matas
Nuestra ignorancia supina y nuestra inseguridad extrema son
tus platos fuertes. ¿El postre? Odio con pepitas de chocolate y frambuesas
glaseadas con un toque de café y nata montada.
Claro, eso era.
Ahora
entiendo por qué olvidé el momento en que pisaste mi vida. Fue un instante un tanto fatuo,
incivilizado y vil. Fue una declaración tosca y apolillada, de esas que te dejan
un regusto a leche cortada en el cielo de la boca. Te abrí la puerta de mis
secretos y no te costó aclimatarte a mis complejos. A los de todos. Ellos son
la percha de la que te cuelgas todas las mañanas cuando me despierto con el
pelo enmarañado y me miro con los ojos vagos al espejo. Si yo digo "vamos allá" tú me contestas "¿a dónde cojones vas?". Tu filo, aún invisible, es más
peligroso que cualquier arma atómica por inventar. Vives de bulos, falacias, falsas magias y cuentos chinos. El futuro es tu mejor
baza para acampar en nuestras conciencias. La costumbre, lejos de matarte, te hace más fuerte.
Deja que la incertidumbre sea la música que acune tus sueños y seguirás flotando como las boyas. Respirando...
Suertudo tú que siempre vas a tener carne fresca.
Al Geppetto
que te haya fabricado: Felicidades.
"Es horrible el miedo incontenible"
"Es horrible el miedo incontenible"
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