Menudo de altura, anchura y huesos. Ojos color almendra
dulce, cabello angosto y oscuro siempre salpicado por el polvo del maíz. Mirada
perdida en esencia y sumida, toda ella, en una dimensión paralela a la que sólo
han de llegar los hijos de la desidia y de lo apócrifo.
Su batería eran el odio y la inquina y nadie sabía por qué.
Su madre, una anciana rechoncha, achacosa y con el pelo del color del aceite,
me comentó en un lapsus de confianza e ingravidez que su hijo nunca había
conocido realmente la felicidad o, más bien, siempre había vivido en
disconformidad con el oro y las estrellas que había heredado en el reparto del
universo. Supe también que su cuarto siempre había apestado a bilis y a dentadura putrefacta.
Desde niño había mostrado síntomas de neurastenia y
depresión crónica. Unas veces exhibía un desdén furibundo hacia aquello que
insistía en hacérsele propio y querido. Se irritaba con cualquier muestra de
preocupación y cariño y buscaba fuera, en los albores de otras puertas, un
arregosto más dañino que beneficioso. Otras veces, quizá las menos, se sumía en
un estado casi místico y, como un péndulo que se descuelga de adelante hacia
atrás, iba de mohíno a bausán pasando por un mártir de ese “buen hacer y ser”
que muchas veces no se entiende como tal. Ya se sabe: abyecto en el hogar,
magnánimo en casa del prójimo.
Lo conocí del todo una misma tarde. Llovía como sólo puede
llover donde las hojas verdes crujen soplonas y las cabras son pájaros que
gorjean a la muerte y a la podredumbre.
Ramón era su nombre. O quizá Antonio. Tal vez también se
llamaba Salvador. A decir verdad, no lo
recuerdo con exactitud. Puede que tuviese algo de los tres pues era extraño
hablarle según qué horas. Desde hacía ya
mucho tiempo la botella era a Ransal (Ramón-Antonio-Salvador) lo que el fez a
un otomano: pura simbología identificativa. En sus últimos años Ransal había
convertido su vida en una tragicomedia salpicada de sainetes y liturgia.
Unas veces heterodoxo y enérgico, otras embalsamado y en
connivencia con las normas, se había convertido en carabinero de barril y fiel soleta
de taberna y casa de putas. Baco era su Dios. El vino se había convertido en
una ambrosía destinada al maridaje y sustento de un cuerpo cadavérico, sumido
en una profunda peste a tabaco negro...
FOTO: ALBERTO GARCÍA ALIX
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