Cada vez le costaba más respirar con normalidad.
El aire
pasaba entre sus dientes con ese sonido del que se ahoga y busca que sus
incisivos filtren un poco de oxígeno que abra las vías y ensanche los pulmones.
Había un ambiente de bochorno difícil de soportar incluso
para los cerdos que ya procuraban embarrarse con más frecuencia. El césped estaba
completamente seco.
Lo había visto venir de lejos y por el menudeo de sus pasos,
cada vez más pausados y torpes, apuntaba más cansancio moral que físico. Era indecente. Una herida abierta atravesaba su espalda de adelante a atrás. Su pequeño
cuerpo se había abandonado ya, hacía mucho, a la resignación de una muerte
lenta y vergonzosa. Aún con vida, comenzaba a convertirse en alimento para las
moscas verdes, esas que, como los buitres o las hienas pero con alas transparentes,
aguardan ansiosas el banquete de la decrepitud y del declive de la vida. Ciclo
vital lo llaman. Yo me muero. Tú me comes. Así ha sido siempre. Sin embargo, ser
testigo directo de estas inclemencias biológicas no es ético ni moral. Dudo mucho
que tenga ni una pizca de dignidad algo tan sumamente atroz.
No tuvo una mano fuerte con la que espantar a sus aves
carroñeras y su envoltorio pinchudo no había servido de nada. El hachazo era
mortal. Se dejó caer bajo el hórreo (o
canastro, que me gusta más) junto a un
par de plantas de perejil de hoja pequeña, el más aromático. Derramé un poco de
agua tibia sobre su lomo para espantar a
los insectos y aliviar unos dolores que seguramente habían desaparecido mucho
antes. Encogió sus púas como vistiéndose el traje de los domingos para cuadrar
mejor en la caja mortuoria y se fue de lado hacia el suelo cerrando los ojos y
abriendo sus diminutos dedos en favor del "rigor mortis".
Allí fue donde decidí darle sepultura. Bajo aquel granero de
piedra antigua, grabé con tiza su nombre para que la naturaleza no olvidase que
en aquel preciso enclave se había desplomado el cuerpo inerte de Yiyo. Con mi
conmiseración y la del mundo. Sin compasión y sin clemencia.
Nunca fue tan
dolorosa y cruel la muerte de un erizo.
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