miércoles, 27 de junio de 2012

Yiyo ahora es una planta de perejil


Cada vez le costaba más respirar con normalidad.
 El aire pasaba entre sus dientes con ese sonido del que se ahoga y busca que sus incisivos filtren un poco de oxígeno que abra las vías y ensanche los pulmones.

Había un ambiente de bochorno difícil de soportar incluso para los cerdos que ya procuraban embarrarse con más frecuencia. El césped estaba completamente seco.

Lo había visto venir de lejos y por el menudeo de sus pasos, cada vez más pausados y torpes, apuntaba más cansancio moral que físico. Era indecente. Una herida abierta atravesaba su espalda de adelante a atrás. Su pequeño cuerpo se había abandonado ya, hacía mucho, a la resignación de una muerte lenta y vergonzosa. Aún con vida, comenzaba a convertirse en alimento para las moscas verdes, esas que, como los buitres o las hienas pero con alas transparentes, aguardan ansiosas el banquete de la decrepitud y del declive de la vida. Ciclo vital lo llaman. Yo me muero. Tú me comes. Así ha sido siempre. Sin embargo, ser testigo directo de estas inclemencias biológicas no es ético ni moral. Dudo mucho que tenga ni una pizca de dignidad algo tan sumamente atroz.  

No tuvo una mano fuerte con la que espantar a sus aves carroñeras y su envoltorio pinchudo no había servido de nada. El hachazo era mortal.  Se dejó caer bajo el hórreo (o canastro, que me gusta más)  junto a un par de plantas de perejil de hoja pequeña, el más aromático. Derramé un poco de agua tibia sobre su  lomo para espantar a los insectos y aliviar unos dolores que seguramente habían desaparecido mucho antes. Encogió sus púas como vistiéndose el traje de los domingos para cuadrar mejor en la caja mortuoria y se fue de lado hacia el suelo cerrando los ojos y abriendo sus diminutos dedos en favor del "rigor mortis".

Allí fue donde decidí darle sepultura. Bajo aquel granero de piedra antigua, grabé con tiza su nombre para que la naturaleza no olvidase que en aquel preciso enclave se había desplomado el cuerpo inerte de Yiyo. Con mi conmiseración y la del mundo. Sin compasión y sin clemencia.

 Nunca fue tan dolorosa y cruel la muerte de un erizo.

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