Abrió los ojos cuando aún asomaba la luz de la luna a través
de las rendijas de las persianas. Su boca podría ser, a aquellas horas, un
ejemplo claro de locura y desenfreno. Hundió su cabeza en la cuenca que
formaban sus brazos bajo la almohada buscando la parte más profunda de la geosfera
física. Tal vez también la humana.
Como un pequeño que
lucha contra la afrenta paterna se removió entre las sábanas para evitar darse
de bruces contra una realidad que se presumía, al menos en parte, bastante funesta.
La madrugada adolecía de frescura y hambre. El alba amenazaba,
siempre impertinente e indiscreto, con poner al descubierto lo que una noche de
lumbre, agua de flores y claras de huevo había unido. Por fin, haciendo acopio
de una bravura a la vez cobarde, decidió poner fin a una noche de fantasmas. Al
atravesar el fulgor la vio dormida a su lado, boca abajo, como dispuesta en una
alineación cósmica entre planetas, estrellas y médulas óseas. Como una metástasis de pólvora, fuegos de artificio y
terminaciones nerviosas.
Las telas que cubrían su cuerpo hicieron un
flaco favor a su imaginación. Ciertamente, era bella. Tenía delicadeza y
exquisitez en sus formas. Poseía candidez en su respirar y desprendía una
ternura extrema en su manera de ocultar parcialmente el rostro con la mano. Era
como si deliberadamente decidiese dejar claro su pudor al cosmos aún estando dormida.
Optó por no despertarla y que en su nombre hablasen los
despertadores de ciudad y las bocinas de los coches. Así, junto a ella,
aprovechándose de aquel cómputo de casualidades y veleidades nocturnas, decidió
contemplarla durante horas hasta que la presión ejercida rompiese aquella pompa
de jabón en la que se había convertido aquel cuarto de ambiente enrarecido. Áspero.
Tosco...
No hay comentarios:
Publicar un comentario