¿Inquietud?
No. Simplemente inercia.
Se sorbían cada vez que se cruzaban. Se bebían a morro y mancillaban
sus nervios para disimular el olor. El miedo siempre apesta cuando yace en un lecho de
piel y parsimonia.
Morían por verse de cerca cada noche entre plumas e hilillos
de algodón y casi siempre acababan por sucumbir al aroma de los jazmines. En silencio componían
melodías sublimes que luego se tarareaban el uno al otro con la complicidad y el calor del
aliento que estalla justo al fondo de los oídos. Y aquellos escalofríos…
Así fueron pasando los cometas sin que nada cambiase hasta el
despunte del día. Hasta luz. Porque por separado
eran otra cosa.
Ella vivía en una estepa lastimosa sedienta de saliva y también
de soledades. Sufría al descubrirse desnuda ante el espejo y su
reflejo, asqueado, evitaba a toda costa contemplarla directamente. El sol de la sabana, poco a poco, le había
quemado los ojos y las pestañas. Él, sin saberlo, trashumaba cada noche entre
rompientes y orillas para descubrir enamorado el baile de las olas en el
cuerpo de su amada. Dejaba siempre sus zapatos negros en la ventana del mar
para que los embalsamase la luna y los lustrase el alba.
Ignoraban que en sus bocas dormía ya la muerte química de un
ocaso entre dos aguas. Sus voces resonaban en ecos diferentes que morían en
un mismo punto de fuga difuminado por líneas de pus y diásporas. Reciprocidad subversiva. Ella descansaba desde siempre en la risa de él mientras éste languidecía
a fuego lento en el llanto de una mujer que, de
tarde en tarde, palidecía en la penumbra al tiempo que deshojaba atardeceres más
allá de su catarsis.
Lejos.
Donde nace y muere el desencanto.
Tal vez un poco más allá...
No hay comentarios:
Publicar un comentario