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martes, 26 de noviembre de 2013

El desván

Es cierto. 
Recuerdo que noté una carga agotadora en el ambiente nada más entrar.

Casi fue como regresar a aquellos últimos meses de mi niñez cuando la abuela se cabreó con nosotros y nos prohibió terminantemente volver a subir allí. A mi hermano Daniel le había dado un golpe de calor jugando al escondite. Había elegido como refugio un baúl viejo hecho con cuero que mi abuelo Juan se trajo de Canadá en uno de sus viajes en el Mercury. Y ya se sabe qué pasa con el cuero...
Pues eso, que cuando volvimos a aquel desván hacía un calor de mil demonios aunque el calendario ya no marcase agosto sino diciembre.



“Mal mes para morir”, me dije. He de admitir que pensé en nosotros como una familia demasiado tétrica. Apenas habían pasado seis meses desde lo de Lilo y ya volvíamos a saborear la desgracia. A ninguno de los dos, a Dani y a mí, nos hacía demasiada ilusión volver a aquel lugar aunque fuese para dar el último adiós a nuestra abuela. Estábamos seguros de que lo de su bisnieto había terminado por matarla, por eso de los remordimientos, usted me entiende. Se sentía culpable por no haber estado cerca de los niños cuando pasó todo y no fuimos capaces de sacarla de ahí.

Pese al tiempo transcurrido y la merma inevitable de nuestras esperanzas, la policía continuaba asegurándonos que seguían investigando todas las pesquisas desde el hallazgo del cadáver de Toño a los pocos días de la desaparición de ambos pequeños. Lo encontraron semienterrado en una zona boscosa próxima. Tenían tantas líneas de investigación abiertas que nos empezaba a parecer imposible que toda aquella locura terminase tal y como nosotros deseábamos. El tipo seguía manteniendo que uno de los niños se le había escapado cuando trató de meterlos a ambos en el asiento trasero de su coche, pero no podía precisar hacia dónde: “Parecía gilipollas el cabrón- soltó jocosamente refiriéndose a Lilo en uno de los últimos interrogatorios-, se puso completamente rígido y le tuve que largar una hostia en toda la boca. El otro ya estaba dentro. Luego se fue al suelo con los dientes llenos de sangre y zafó. Se fue corriendo y yo nunca más lo vi. Se ve que los padres de hoy en día no saben cuidar de sus hijos”, zanjó en tono burlón. Se me revuelven las tripas sólo de recordarlo. Casi le parto la boca aquél día. Siempre estuvimos convencidos de que Lilo seguía enterrado en alguna otra parte o yacía en el fondo de algún pozo. No era descabellado. En el pueblo de mis abuelos siempre hubo demasiados pozos al aire libre.

Como le decía, al desván volvimos seis meses después de lo de mi sobrino. 

Y aquel baúl... 
La abuela fue terca hasta el final. Terca y tozuda. ¿Quiere que le diga una cosa? Cuando le pedíamos que abriese el baúl para que el olor a cuero no le impregnase la ropa que quería guardar en su interior, siempre respondía que "nanai", que Daniel casi se muere por dejarlo abierto. Porque una vez cerrado era imposible abrirlo desde dentro,¿sabe? Las bisagras cedían y el pasador se descolgaba y encajaba perfectamente en una pequeña ranura de hierro. Y así se quedaba aquella mole, herméticamente cerrada. Una antigualla maravillosa, desde luego.

El altillo era largo y recibía algo de aire a través de las grietas del tejado pero, aún así, olía raro después de tantos meses cerrado a cal y canto. Yo di por hecho que siempre había olido de aquel modo sólo que, simplemente, no lo recordaba. Se lo achaqué a los pájaros muertos que tantas veces nos habíamos encontrado en los huecos que quedaban entre el adobe y las bigas de madera. Fue entonces cuando mi hermano habló:

  • ¿Sabes qué, Olga?
  • Dime Dani...
  • El día que me quedé encerrado en el baúl no jugaba al escondite - me confesó con la mirada perdida, como el que busca entre recuerdos y encuentra.
  • ¿A no? ¿Y por qué te metiste entonces?
  • No quería que el abuelo me encontrase. Yo fui quien rompió aquel tocadiscos antiguo que había traído de Taiwan. Pensé que me azotaría por ello hasta que me sangrase el trasero...- rió.
  • El abuelo nunca habría hecho eso y lo sabes...- apunté mientras le acariciaba la nuca como cuando era un chiquillo.
  • Ya, ya lo sé. Supongo que de pequeño me parecía el sitio más seguro del mundo...- dijo bajando la mirada. Pensaba en Lilo, pude verlo en sus ojos. Pensaba en el sitio que hubiese elegido su hijo de nueve años para huir en una situación como la que le había tocado vivir. 


  • Salgamos ya Olga - dijo finalmente-, este lugar me pone demasiado mal.

Y no caí.


Comenzamos a cerrar de nuevo las contraventanas y no habían pasado ni dos horas cuando ya teníamos firmada la venta de la casa. Así lo quiso la abuela. Nada de malos recuerdos. “Cuando yo me vaya no quiero que volváis a poner un pie aquí. Lo importante os lo dejaré abajo para que os lo llevéis. Lo demás es para que se quede aquí con todo lo malo que nos ha pasado. Demasiada mierda para una sola casa”, nos había dicho a ambos apenas unos días después de lo sucedido.
Fue la única vez que oí a mi abuela decir una mala palabra.

Con el último rayo de sol, en un círculo de luz en medio de la habitación, pude ver cuatro moscas verdes ya muertas.... pero nunca se me ocurrió pensar en Lilo.

  • Se ve que la abuela ya no venía mucho por aquí- dije señalándolas para sacar a mi hermano de sus pensamientos.
  • Creo que llevaba meses sin subir. Era muy mayor y las piernas ya le fallaban demasiado.

No dijo más.



Quién iba a pensar que...

lunes, 8 de julio de 2013

Piratas



Vivía reencarnada.

Desde que era niña creía en una especie de libro de vidas inmemorial; una hoja de ruta de células en evolución permanente. Siempre aseguró que mientras unos descubrían continentes ella se dedicaba a la cría de camellos en Damasco. De un tiempo a esta parte, vivía como dama de harén obnubilada por el humo del tabaco negro. Creía en los espíritus buenos, veneraba más a los malos y ponía altares con velas a las almas perdidas.
Su vida era un ir y venir de grandes figuras traslúcidas del pasado.


El primer y último fantasma con el que se cruzó era el de un marinero errante que más que viejo se presumía antiguo. Un borracho vintage. Vaya por delante que apestaba a vino de cartón, pero del caro. Aquel viejo lobo de mar era pirata de prostíbulos más que de parche en el ojo. De esos guerreros de misa de ocho y vermout de fin de tarde. He de confesar que a ese tipo de piratas yo los creía extintos. Nada más lejos. Otra cosa bien distinta es que se dejen ver mucho menos. Hoy su sitio son los suburbios morales y los bares cutres con urinarios de pared. Nuevas tierras, nuevas vistas. Actualmente viven en la penumbra, entre el beso con lengua y la bofetada fría.  

Bien, pues aquel pirata fantasma era uno de esos Quijotes tan prendidos del amor como de un buen par de piernas. Corsarios de whisky doble y poemas de servilleta agradecida. Bandoleros que van de cualquier lado de la barra al extremo opuesto con la corbata enredada a los tobillos, perilla cutre y after shave para las heridas bajas.

A ella la cameló especialmente porque cuando la miraba con aquellos ojos de dandy rancio sólo podía pensar en un baile lento de perros a dos patas. 
Cuando eso ocurría ella cerraba los ojos.  La historia fue de lo más cursi durante unos cuantos meses, justo hasta que él decidió meterse de lleno en un romance exótico con un pescador somalí.
¿Cómo salvar, pues, un corazón que ya no latía?
Fue precisamente en ese roce de labios ya caduco,  donde su mente, la de ella, terminó por romperse. Y no era de extrañar, doy fe. Ella ya rondaba una de sus últimas reencarnaciones.
Por aquel entonces los que la conocíamos comenzamos a verla entrar al bar medio sonámbula y desnuda de cintura para arriba …

y para abajo.

Me contaron que al poco tiempo se le fue la cabeza del todo o algo así. Desde ese día va con las bragas por encima de los pantalones gritando a pleno pulmón que se ha reencarnado en antagónica.  


Se hace llamar "Pirata del aire".


jueves, 24 de enero de 2013

No hay más


Escucha. Ya está. No pasa nada. No le busques más explicaciones. Nos hemos convertido en miel y arena.
No sé, es extraño. Ya no busco tu cuerpo al umbral del sueño. No te echo de menos a mi lado y hoy sólo veo  un hueco vacío donde antes dolía tu ausencia. 
Ya no te observo narcotizada durante mis vigilias. Divago más y, ¿sabes?, también he empezado a contar ovejas. Soy una insomne trashumante, traspapelada y también lisiada aunque un poco más cuerda. Y sé que a ti te pasa igual así que no te apenes.
Ya está. No hay más. Asumámoslo y salgamos a tomar el aire porque no hay culpables. El amor se nos quedó obsoleto. No tienes que darle más vueltas.
Ya sólo somos dos almas sin ritmo, descuadradas y descompuestas. Incompatibles. Dos cámaras acorazadas a la deriva en un mar de histerias. Es lo que tiene ser del mismo signo, ¿verdad? Lo que tú buscabas nunca lo tuve conmigo y tú nunca fuiste mi centro de la tierra.
Mira, ven,  ¿lo notas? Me duele tu abrazo. Fíjate, ¿ves?  Es como si ya no supiésemos besarnos.  No nos acompaña la lengua. Porque hablamos bajito y a destiempo y luego vamos recogiendo las palabras del suelo, como víctimas de guerra. Ya no encuentro tu cintura y mis manos no te recuerdan.Con cada caricia ya sólo sabemos arrancarnos la piel. Desde los balcones que daban a nuestros sueños nadie nos observa.

No hay más. Matemos esto aquí, hoy mismo.

Aquí se queda. Vamos a fumarnos un cigarro.

Parece que corre algo de brisa fuera.  

domingo, 20 de enero de 2013

La memoria de las ventanas


Tanteaba la pantalla del teléfono con la misma delicadeza con la que un bebé aporrea las teclas de un Steiway. El mensaje se le resistía y la culpa no era del traqueteo del tren. Tampoco  de la distribución de las letras. Ella parecía estar  inmersa en esa especie de atolladero mental en el que entrábamos  cuando en el colegio se nos olvidaba analizar sintácticamente una frase y no sabíamos qué palabra había que morder primero.
-          No, espera, no me cuelgues por favor…
-          (…)
-          Que no, que no. Deja de escribir porque no pienso leer más mensajes. No puedo…
-          (…)
-          No me puedes hacer esto ahora. ¿No podías haberte esperado cinco minutos? Tú mismo quisiste quedar hoy, ¿a qué viene esto ahora?
-          (…)
-          No, lo siento, no quiero leerlo. No puedo. Así no. Necesito oírlo de tu boca. Quiero que seas tú el que me lo diga mirándome a los ojos y me expliques…
-          (…)
-          Que no. Por favor, te lo suplico, no me hagas esto. No me lo merezco. Espera cinco minutos, dame sólo cinco minutos más. No te estoy pidiendo tanto. Estoy en el tren, te lo juro, voy de camino. Tienes que estar viendo el tren ahora mismo…

Pero era mentira que estuviésemos llegando a su destino que era Atocha,  pues acabábamos  de dejar atrás Cuatro Vientos y, si nos poníamos escrupulosos,  desde cualquier edificio, piso, habitáculo y baldosa de Atocha era prácticamente imposible ver nuestro tren. Supuse que aquella había sido una frase sin juicio, de esas a las que recurrimos para salir del paso o rellenar algún hueco y él, sin vacilar, se habría apresurado a descorrer las cortinas. Probablemente si en ese mismo instante se asomaba a la ventana para comprobar si lo que ella le decía era cierto, estaría viendo otro cercanías diferente. Igual  sí,  pero al mismo tiempo diferente, con otro desgaste, otras vidas y otras caras. Pero para él, de aquel tren al que nada lo ataba realmente, se apearía ella, aquella chica morena de pelo rizado y más bien corto de enormes gafas oscuras, rollo alternativo y labios rojos,  a la que había intentado dejar minutos antes a través de un mensaje de what’s up.
Desde el asiento de enfrente, de espaldas a la locomotora vi dos posibilidades igual de aceptables: o bien no le daba la importancia suficiente para sentarse frente a ella y soltarle a quemarropa la verdad. Que él,  al que bauticé como Eloy,  ya no la quería o ya no sentía nada por ella o nunca la había querido o nunca había llegado a sentir nada por ella verdaderamente y que por eso había optado por un simple mensaje abreviado para dar por concluido su idilio, o bien él se sentía incapaz de sentarse a su lado y ver cómo se desmoronaba tal y como yo lo estaba viendo en aquel preciso instante.  Probablemente los lloros, las súplicas, el maquillaje corrido y los mocos cada vez más fluidos y transparentes lo habrían puesto en una situación incómoda y bastante más difícil de manejar. Se habría visto obligado a permanecer allí con ella ocupando un espacio y un tiempo, fabricando y formando parte de un recuerdo, de un momento  que pasaría a engrosar para siempre la bitácora memorística de ambos, bien juntos bien separados.   Probablemente habría contemplado la viabilidad de un desplome argumentativo y una marcha atrás resignada en sus palabras no dichas pero sí escritas,  pues nada causa tanto deterioro como ese “dime qué quieres que cambie” cuando realmente no quieres que cambie nada porque te gusta así, tal cual, pero  simplemente no sientes lo suficiente. ¿Cómo seguir adelante después de eso?
-        
  -       -  Vale, vale. Espérame. Ya llego. Hasta ahora. Adiós.

Auri, de Aurora, lo sabía y ya vaticinaba resultados. Su “adiós” era anticipado, sin énfasis. Pareció de pronto demasiado cansada y vieja para ser domingo. Desinflada. Fatigada. Se quitó las gafas y dejó sus ojos al descubierto.  Eran oscuros, casi negros. “Ya te da igual que te vean, ¿verdad?”,  pensé. Porque si para algo sirven las gafas de sol en invierno es para llorar y ver sin ser vistos y ella ya no buscaba hacerlo de espaldas. Se cruzó de brazos y piernas e inclinó cabeza y cuerpo  hacia la ventana dominada por una terrible flojera. Las ventanas siempre han sido el mejor refugio para la tristeza. Entre la parte exterior y la parte interior los cristaleros dejan siempre un pequeño hueco, por muy fino que sea el vidrio, que se encarga de absorber los pensamientos. No miramos el paisaje, ni la calle, pero tampoco escudriñamos nuestro reflejo. Nuestra lente desenfoca, cerramos los ojos  y comenzamos a mirar con la nuca, porque todo fluye, va y viene, se mezcla, avanza y retrocede, nace y muere, surge y desaparece en el interior de nuestra cabeza. Los aviones tienen, sin ningún tipo de duda, las mejores ventanas para pensar  porque están hechas con doble cristal y el hueco entre ambos vidrios es mucho mayor. ¿Cuántos pensamientos saldrían disparados de cada una de las ventanas de los miles y miles de aviones que atraviesan el mundo en caso de accidente aéreo? ¿A dónde irían? Quién sabe. Las ventanas son las cuevas mudas donde yace el génesis de las grandes decisiones y de los cambios de rumbo.
Aurora pestañeaba rápido y respiraba trabajosamente. Las lágrimas se las había ido enjugando con las mangas de su chaqueta de punto color canela.  Aletargada, cavilaba y se llevaba las manos al pecho para tantear la zona del corazón. En cada parada su cuerpo sufría una sacudida y ella volvía en sí para contabilizar las estaciones que la separaban de su pandemónium particular en uno de los paneles informativos.
-        
             - Disculpa la indiscreción pero, ¿quieres un pañuelo?- dije extendiéndole un paquete de clínex mentolados aún por estrenar. - Quédatelo si quieres. Yo tengo más.

Y ella aceptó mi ofrecimiento y mi conmiseración con una sonrisa agradecida y al mismo tiempo sangrante. “Lo quieres,- le dije con los ojos-  ¡claro que lo quieres!, no hay más que verte, pero soy yo la que te ve, la que te está viendo ahora mismo, una desconocida,  y no él, porque  él ha preferido obviarte, borrarte, y lo ha hecho por what’s up y tú has tenido que suplicarle una última conversación. Su-pli-car-le”. Ella asintió turbada, jugó un rato con su teléfono y devolvió de nuevo sus ojos al cristal.

Llegamos a su destino que también había sido el mío pero que había dejado de serlo ya. Decidí darle el lugar que él le había negado y  regalarle ese momento de camaradería e intimidad antes de la batalla. Bajaría sola, sin testigos y sin vergüenzas. “Me bajo en la siguiente. Al fin y al cabo es domingo y voy con tiempo”, pensé. Ella respiró profundamente buscando recomponerse apoyada ya contra una de las puertas automáticas. Se había entretenido un rato en recoger sus pedazos y en pegarlos de cualquier manera o, al menos, de un modo que le permitiese mantener la compostura mientras durase la tormenta. Estábamos solas en aquel vagón de cola. Atocha daba las doce.
-          
      -  Ahora no creo que los necesite, pero me los guardo para luego…- dijo esbozando una ligera sonrisa mientras se volvía para mostrarme el paquete de mentolados al tiempo que se abrían las puertas. – De verdad, gracias.

Se disipó entre la marabunta de historias que subían para más tarde descender en las siguientes estaciones que ya sí serían las mías. Cualquiera de ellas. Dejen salir antes de entrar rezaba un pequeño adhesivo en uno de los ventanales. La dejaron salir.
-          
       - De nada.

miércoles, 9 de enero de 2013

El piloto rojo



A ella le gustaba comparar el tono de su voz con un terrón de azúcar, solubles ambos e igual de dulces. Porque Martín poseía una voz que sonaba aún mejor diluida en agua.  A veces, sobre todo en los meses de frío,  las vibraciones desaparecían al primer contacto con el aire como el humo de un cigarrillo a punto de apagarse. Una esquirla suelta que moría en una línea horizontal y paralela al suelo. El suyo era uno de esos timbres que nacen directamente de los pulmones para desaparecer en el pecho de todo aquel que la oye como una  verdad que por no decirla se nos muere dentro.
Sus ojos no la traicionaban. Era Martín. El golpe le dio de lleno en los maxilares.

Ocurrió como siempre había visto en las películas. Volvió al momento en que se conocieron y reparó en lo poco que se había fijado en él. O nada.  La primera toma de contacto fue  huidiza, casi de manual. Presentaciones a cargo de una tercera persona que los introdujo a ambos e irremediablemente los sembró al uno en el otro elevándolos, tal vez, un poco más. Ese alguien que les brindó cierta pompa. Un nombre, el de él. Otro nombre, el de ella. Martín. Cristina. Un “¿Qué tal?” sobrio y al mismo tiempo austero suelto en el aire sin pedir ni exigir respuesta.  Dos besos. Una sonrisa mutua y cordial. Ya.

Al rato ella tratando de recordar los rasgos de él forzando una imagen que todavía manchaba de tinta.  Cuanto más concienzuda era su batalla contra la memoria más se le escapaba él obedeciendo a esa ley que dicta que las remembranzas viven a su aire y se dejan caer cuando quieren. Recordó también  haber sentido cierta vergüenza por ello. Temía no  reconocerlo en caso de volver a cruzárselo nuevamente. Cayó además en que, al principio, no había reparado nunca en que faltase o estuviese. Le daba igual.  No le importaba no verlo y, si lo veía pues, oye, muy bien. Regresó al día que le picó el gusanillo de su nombre. Aquella frase maldita, “¿pero tú lo has visto bien?” que, efectivamente, la hizo ver bien y enamorarse. Una conversación descuidada que, como un café bien amargo, le abría los ojos y las ganas. Una charla irreverente, reveladora y catastrófica al mismo tiempo pues,  a partir de  sería como un plato de ostras. Y Cris era alérgica a las ostras. Se le hinchaba la cara y el pecho se le llenaba manchas y ronchas. Él sería, aunque en ese momento todavía lo ignoraba, como una de esas ostras que hacían que se le inflamaran los párpados. Quizá la peor ostra de la historia de las ostras. Se asustó pensando en cómo aquellas seis palabras unidas de manera casual pero intencionada la habían llevado a buscarlo por un terreno vedado donde él ya paseaba abrazado a alguien,  felizmente inmerso en ese fluir intenso de energías que se desprende de los cuerpos enamorados. Y se odió todavía más al recordarlo así y verlo ahora en la misma calle asido a otra mano. Apoyado. Guiando y dejándose guiar. Amando.

Ella, que había sucumbido a él y a sus juegos, veía ahora todo aquello como una tela de araña mojada a punto de romperse en el centro. ¿Promesas? ¿Y qué importaban las promesas ahora? Las promesas se habían convertido en hilos deformes que la habían mantenido enganchada hasta ese día.  Hasta ese preciso instante en que pudo comprobar con sus propios ojos que no era ella el objeto de un” podríamos quedar” o de ese sutil y mágico “tengo ganas de verte”; tampoco de un tierno “me gustas” ni de la sensualidad de un  “me muero de ganas de besarte”. Mucho menos de ese “te quiero” odioso que le era ahora tan ajeno y tanto se le había resistido. Ahora lo sabía.

Pues allí estaba Cris, de Cristina, al otro lado de la plaza, a la vista de todos y de nadie, a la vista de ella misma, con el piloto rojo encendido, deseando sobre todas las cosas ser esa otra que no era otra porque la otra era ella, Cris, y no Nuria, la dueña de la mano asida, y deseando a la vez no serlo, para tener plena libertad de maldecirlo también a él, a Martín, sin ningún tipo de tapujo ni reparo. Odiar sin culpas a aquel chico a todas luces hombre de mirada nostálgica y con una fuerte tendencia a la melancolía y a la mentira. Ahora lo sabía. Aquella mueca risueña hecha para la serenidad y el acune. Para la calma y el desarme. Por lo visto también para el embuste. Aquellos ojos de niño errante que ya no lo era porque paseaban de la mano de otra que no era otra porque la otra era ella, la chica a la que un puñado de ostras le habían perforado estómago, alma y gaznate.

Y regresó de nuevo el día en que lo vio por primera vez aunque sólo fuese  para volver a olvidar su cara y se odió por dentro por recordarlo tanto y dejarse llevar por seis  simples palabras y le dolió el pecho y la lengua se le puso azul y después nácar y cruzó la calle sin mirar ni ver y se oyó un ruido seco como el de un quebrar de huesos ...
Se despidió del asfalto con un beso en una última muestra de amor despistada. Saboreó alquitrán duro sin darse cuenta de cómo sus zapatos, aún tibios, rodaban en estado de anarquía por el suelo de la plaza.

La vieron inmóvil y paralela al cielo. La vieron helada.













domingo, 30 de diciembre de 2012

Debajo de las piedras


Me conociste opaco e insulso. Diabético. Pueril. Lánguido de formas y desganado en materia de amores. Me descubriste oscuro, frío, rollizo por una mala alimentación de palabras y disertaciones.  Me escogiste así. Procuraste buscarme hosco para hacerme después cortés y amable. Superamos mil y un reproches y se me antojaron tus labios. Quise besarte.  Me enredé en tus pestañas y nos recitamos decenas de poemas y verdades a medias en una misma tarde.

Aunque parco en palabras me volví un derrochador de caricias y necedades. Me atrevo a decir incluso que llegué a ser simpático. En fechas señaladas también afable.

Risueño.

Dulce.

 Capaz.

 Suave.

Me volviste un  iluso, un soñador. Me convertiste nuevamente en niño. Me devolviste al mundo y a una vida de emociones y miradas largas. A una existencia de siluetas y yemas, de lenguas y cuellos tibios. Empecé a adorarte en secreto; entregado y romántico. Lívido. Conseguiste que  te hablase de amor aún sin saber. Me prometiste una estrella por día.  Me ofreciste el cielo y, queriendo siempre llegar la primera, cerraste las puertas detrás de ti para que nadie entrara.  Me dejaste sentado en el césped vomitando el mortero de nuestra historia y mordiendo la hierba mojada.

Me dio por toser evocando la forma de tu pecho. Malgasté ternura y dedos arrancando hiedras y enredaderas. Me perdí. Se me agotaron los besos. También las letras.

Rememoré tu forma de caminar sobre la nieve una y otra vez, siempre tan vítrea y luminosa toda tú. Te vi desnuda sobre el hielo y te inventé una onomástica. Y odié amarte. Tu cara y tu voz se fueron disipando en mi memoria  y me refugié en otras para poder olvidarte.  Ahora lo pienso y, tal vez, lo que buscaba era recordarte aún más. Volver a encontrarte. Así fue como te comencé a necesitar con la misma intensidad con la que tu recuerdo se alejaba rumbo a ese nuevo invierno de silencios y tierra. Más aún. Hacia ese nuevo  invierno debajo de las piedras.

Así, año tras año y hasta llegar el frío, otra vez opaco e insulso, te seguí queriendo                                                                                                                                   

                                                                                                                      a mi manera.

domingo, 9 de diciembre de 2012

La muñeca esdrújula


“Cuando yo iba al colegio pasaba por una tienda donde había un maniquí de mujer que era completamente estático, completamente impasible y, sin embargo, se delataba porque sudaba por las axilas. Porque si algo tienen los maniquíes es esa impresión que dan de estar disimulando. Continuamente están haciendo como que no piensan; como que no ven; como que no oyen…”

Y yo que de niña pensaba que los cuentos estaban tejidos con hilos algodón dulce y fantasía…

Millás ha metido la mano en mi cabeza y ha tirado de un ovillo cualquiera. El primero que se le ha puesto a tiro.  Antes de salir de ella le ha dado al “play”  y Mi gata luna ha comenzado a sonar (a soñar he empezado yo). Recuerdo con claridad cómo me gustaba escucharla una y otra vez recién cumplidos los diez veranos. Cecilia siempre despertó en mí un sentimiento  bucólico y aromático. Si, si, bucólico y aromático. A medida que la canción avanzaba el olor a pinos, a bosque de eucaliptos y a hierba recién cortada se hacía (se hace) cada vez más fuerte. Así, de golpe y porrazo, sólo podía (puedo) pensar en zarzas con moras silvestres, en mandarinas sin pepitas o en aquel viejo canario con cáncer que enterré después de una solemne misa bajo una montaña de piedras, tierra y margaritas. Eso era para mí Cecilia, una niña con ecos de mujer insensata que le ponía voz sin artificios a la vida.  El radiocasete viejo se encargaba del resto. Retorcía la pasión de aquellas letras y les daba una ondulación perfecta, como si de repente la artista les cantase a los peces del fondo del mar o convirtiese en altavoces las tuberías.

que habían naciMi gata Luna era la banda sonora que adornaba la vida y la muerte de una gata inventada. Como la muñeca esdrújula, fue creada para regar los árboles   tuertos que enraizaban en el desierto de las soledades de modo que, en este caso y a diferencia del primero, antes  fue la música de fondo y después fue la historia que a punto está de cumplir el par de años.

La bauticé así desde la primera vez que la vi aparecer. En ningún momento frunció el ceño ni se extrañó de que sobre su espalda descansasen las miradas de cuantos con ella se cruzaban. Era de esas figuras que procuran no atragantarse con las penas por eso de evitar las temidas líneas de expresión. Se sentaba erguida, completamente recta y con las piernas en alto.  La tensión y el esfuerzo de sus músculos podía apreciarse incluso desde donde yo estaba, cuatro o cinco metros más atrás. Vestía un ajustado vestido corto rosa fucsia que devoraba cualquier ápice de sofisticación y sensualidad anterior y un abrigo de visón blanco que la cubría del cuello hasta la cintura. Entró al local oblicua y de la mano de aquel hombre que, a todas luces, la superaba en edad y experiencias. Él, con un ademán que podría considerarse, in extremis, dentro de los límites de la elegancia y la corrección en las formas, le facilitó la silla y, con aire ufano, se entretuvo un rato en asegurarse de que todos los allí presentes habíamos sido testigos de su entrada junto a aquella mujer de bandera de metro y medio y zapatos  negros de tacón bajo.

Perfectamente podría haber pedido para ella una copa de orujo blanco a primera hora de la mañana. La dama no hubiese puesto objeción alguna. Lejos de todo eso,  pidió para ella una botella de agua mineral. Él optó por un tercio de Mahou bien frío que paladeó extasiado pese al gélido ambiente que envolvía aquellos días de finales de diciembre. Era evidente que la joven nunca había dominado el arte de la conversación y sólo había aprendido a reír y a hacer como el que no ve. Yo escrutaba curiosa la escena  desde detrás de la barra. Él, como llegado de una dimensión paralela, la contemplaba totalmente fascinado por su cabello dorado, sus ojos de un azul oscuro casi místico y sus labios escarlata. Opté por pensar que aquella sonrisa, aquella mueca de aparente alegría contenida que parecía no pretender abandonar nunca el rostro de la joven, formaba parte de un contrato espaciotemporal previo con la mafia calabresa.  Hubiese jurado, además, que aquellos pequeñísimos y blanqueados incisivos  todavía pertenecían a la familia de la dentadura láctea.  Cosas mías.

Mientras los hechos se sucedían, no pude evitar inventar también para él un nombre: el pelele manco. Lo de pelele iba quedando cada vez más claro por aquella inquebrantable adoración y las incansables atenciones que profesaba a la muchacha. “¿De verdad que no quieres nada más que un vaso de agua, cielo? – le oí decir en un momento dado y, a juzgar por la relajación de sus hombros,  la satisfacción que se pudo leer en su cara y en la hinchazón de su tórax,  debió recibir un apunte amable por respuesta. Lo de manco era otro asunto que obedecía más al curioso mecanismo que ponía en marcha todo él cada vez que se llevaba la botella de cerveza a la boca. El brazo izquierdo permanecía inmóvil junto a su cuerpo formando un ángulo de noventa grados con un colgajo deforme en el extremo el eje equis. Le faltaban tres dedos y la mitad de un cuarto. El quinto era el pulgar. Su rostro, enjuto y pálido,  pedía a gritos un  ancho bigote o una espesa barba que cubriese sus despistes.

Así permanecieron largo rato, las piernas del uno entre las de la otra, ajenos y guarecidos ambos por el dosel de algarabía y farra del último día del año.

Recuerdo claramente haber sentido una mezcla extraña de ternura y pena por aquel viejo Romeo en decadencia que no escatimaba esfuerzos para que su acompañante muda se decidiese por una bebida de mayor graduación. Pero ella, que ni siquiera se había desprendido del visón blanco, resultó ser una coqueta alegre y poco charlatana que se mantuvo inalterable durante más de media hora hasta que él tuvo a bien llevársela para  conocer la zona. Amablemente la ayudó a levantarse de la silla y estiró suavemente aquellos brazos y aquellas piernas frías,  finas y huecas.  La muchacha no había tocado la botella de agua. Fue entonces cuando reparé en la funcionalidad de la extremidad muerta: estaba estratégicamente pensada y colocada para el transporte, de un punto a otro de los inviernos y las soledades habitadas por aquel pelele pálido y sin bigote,  de aquella enigmática muñeca de sonrisa congelada.

Jamás volví a saber de aquella peculiar pareja.
No hubo plumas de ruiseñor, ni ojos de vidrio verde y ni hocico negro de cartón. Ni siquiera fue necesario que la llevasen entre cuatro. No precisaron de arena fina ni de crisantemos en flor.

Que disculpe Cecilia mi osadía al alterar su memoria y el sexo de  sus letras cuando, desenterrando hoy su música y la imagen de aquel viejo Don Quijote falto de caricias, recuerdo aquello de “qué sola muere mi gata Luna, qué solo y triste vivo yo”.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Un poco más allá...


¿Inquietud?

No. Simplemente inercia.

Se sorbían cada vez que se cruzaban. Se bebían a morro y mancillaban sus nervios para disimular el olor. El miedo siempre apesta cuando yace en un lecho de piel y parsimonia.

Morían por verse de cerca cada noche entre plumas e hilillos de algodón y casi siempre acababan por sucumbir al aroma de los jazmines. En silencio componían melodías sublimes que luego se tarareaban el uno al otro con la complicidad y el calor del aliento que estalla justo al fondo de los oídos. Y aquellos escalofríos…

Así fueron pasando los cometas sin que nada cambiase hasta el despunte del día. Hasta luz. Porque por separado eran otra cosa.

Ella vivía en una estepa lastimosa sedienta de saliva y también de soledades. Sufría al descubrirse desnuda ante el espejo y su reflejo, asqueado, evitaba a toda costa contemplarla directamente.  El sol de la sabana, poco a poco, le había quemado los ojos y las pestañas. Él, sin saberlo, trashumaba cada noche entre rompientes y orillas para descubrir enamorado el baile de las olas en el cuerpo de su amada. Dejaba siempre sus zapatos negros en la ventana del mar para que los embalsamase la luna y los lustrase el alba.

Ignoraban que en sus bocas dormía ya la muerte química de un ocaso entre dos aguas. Sus voces resonaban en ecos diferentes que morían en un mismo punto de fuga difuminado por líneas de pus y diásporas. Reciprocidad subversiva. Ella descansaba desde siempre en la risa de él mientras éste languidecía a fuego lento en el llanto de una mujer que, de tarde en tarde, palidecía en la penumbra al tiempo que deshojaba atardeceres más allá de su catarsis.

 Lejos.

Donde nace y muere el desencanto.

 

Tal vez un poco más allá...