domingo, 9 de diciembre de 2012

La muñeca esdrújula


“Cuando yo iba al colegio pasaba por una tienda donde había un maniquí de mujer que era completamente estático, completamente impasible y, sin embargo, se delataba porque sudaba por las axilas. Porque si algo tienen los maniquíes es esa impresión que dan de estar disimulando. Continuamente están haciendo como que no piensan; como que no ven; como que no oyen…”

Y yo que de niña pensaba que los cuentos estaban tejidos con hilos algodón dulce y fantasía…

Millás ha metido la mano en mi cabeza y ha tirado de un ovillo cualquiera. El primero que se le ha puesto a tiro.  Antes de salir de ella le ha dado al “play”  y Mi gata luna ha comenzado a sonar (a soñar he empezado yo). Recuerdo con claridad cómo me gustaba escucharla una y otra vez recién cumplidos los diez veranos. Cecilia siempre despertó en mí un sentimiento  bucólico y aromático. Si, si, bucólico y aromático. A medida que la canción avanzaba el olor a pinos, a bosque de eucaliptos y a hierba recién cortada se hacía (se hace) cada vez más fuerte. Así, de golpe y porrazo, sólo podía (puedo) pensar en zarzas con moras silvestres, en mandarinas sin pepitas o en aquel viejo canario con cáncer que enterré después de una solemne misa bajo una montaña de piedras, tierra y margaritas. Eso era para mí Cecilia, una niña con ecos de mujer insensata que le ponía voz sin artificios a la vida.  El radiocasete viejo se encargaba del resto. Retorcía la pasión de aquellas letras y les daba una ondulación perfecta, como si de repente la artista les cantase a los peces del fondo del mar o convirtiese en altavoces las tuberías.

que habían naciMi gata Luna era la banda sonora que adornaba la vida y la muerte de una gata inventada. Como la muñeca esdrújula, fue creada para regar los árboles   tuertos que enraizaban en el desierto de las soledades de modo que, en este caso y a diferencia del primero, antes  fue la música de fondo y después fue la historia que a punto está de cumplir el par de años.

La bauticé así desde la primera vez que la vi aparecer. En ningún momento frunció el ceño ni se extrañó de que sobre su espalda descansasen las miradas de cuantos con ella se cruzaban. Era de esas figuras que procuran no atragantarse con las penas por eso de evitar las temidas líneas de expresión. Se sentaba erguida, completamente recta y con las piernas en alto.  La tensión y el esfuerzo de sus músculos podía apreciarse incluso desde donde yo estaba, cuatro o cinco metros más atrás. Vestía un ajustado vestido corto rosa fucsia que devoraba cualquier ápice de sofisticación y sensualidad anterior y un abrigo de visón blanco que la cubría del cuello hasta la cintura. Entró al local oblicua y de la mano de aquel hombre que, a todas luces, la superaba en edad y experiencias. Él, con un ademán que podría considerarse, in extremis, dentro de los límites de la elegancia y la corrección en las formas, le facilitó la silla y, con aire ufano, se entretuvo un rato en asegurarse de que todos los allí presentes habíamos sido testigos de su entrada junto a aquella mujer de bandera de metro y medio y zapatos  negros de tacón bajo.

Perfectamente podría haber pedido para ella una copa de orujo blanco a primera hora de la mañana. La dama no hubiese puesto objeción alguna. Lejos de todo eso,  pidió para ella una botella de agua mineral. Él optó por un tercio de Mahou bien frío que paladeó extasiado pese al gélido ambiente que envolvía aquellos días de finales de diciembre. Era evidente que la joven nunca había dominado el arte de la conversación y sólo había aprendido a reír y a hacer como el que no ve. Yo escrutaba curiosa la escena  desde detrás de la barra. Él, como llegado de una dimensión paralela, la contemplaba totalmente fascinado por su cabello dorado, sus ojos de un azul oscuro casi místico y sus labios escarlata. Opté por pensar que aquella sonrisa, aquella mueca de aparente alegría contenida que parecía no pretender abandonar nunca el rostro de la joven, formaba parte de un contrato espaciotemporal previo con la mafia calabresa.  Hubiese jurado, además, que aquellos pequeñísimos y blanqueados incisivos  todavía pertenecían a la familia de la dentadura láctea.  Cosas mías.

Mientras los hechos se sucedían, no pude evitar inventar también para él un nombre: el pelele manco. Lo de pelele iba quedando cada vez más claro por aquella inquebrantable adoración y las incansables atenciones que profesaba a la muchacha. “¿De verdad que no quieres nada más que un vaso de agua, cielo? – le oí decir en un momento dado y, a juzgar por la relajación de sus hombros,  la satisfacción que se pudo leer en su cara y en la hinchazón de su tórax,  debió recibir un apunte amable por respuesta. Lo de manco era otro asunto que obedecía más al curioso mecanismo que ponía en marcha todo él cada vez que se llevaba la botella de cerveza a la boca. El brazo izquierdo permanecía inmóvil junto a su cuerpo formando un ángulo de noventa grados con un colgajo deforme en el extremo el eje equis. Le faltaban tres dedos y la mitad de un cuarto. El quinto era el pulgar. Su rostro, enjuto y pálido,  pedía a gritos un  ancho bigote o una espesa barba que cubriese sus despistes.

Así permanecieron largo rato, las piernas del uno entre las de la otra, ajenos y guarecidos ambos por el dosel de algarabía y farra del último día del año.

Recuerdo claramente haber sentido una mezcla extraña de ternura y pena por aquel viejo Romeo en decadencia que no escatimaba esfuerzos para que su acompañante muda se decidiese por una bebida de mayor graduación. Pero ella, que ni siquiera se había desprendido del visón blanco, resultó ser una coqueta alegre y poco charlatana que se mantuvo inalterable durante más de media hora hasta que él tuvo a bien llevársela para  conocer la zona. Amablemente la ayudó a levantarse de la silla y estiró suavemente aquellos brazos y aquellas piernas frías,  finas y huecas.  La muchacha no había tocado la botella de agua. Fue entonces cuando reparé en la funcionalidad de la extremidad muerta: estaba estratégicamente pensada y colocada para el transporte, de un punto a otro de los inviernos y las soledades habitadas por aquel pelele pálido y sin bigote,  de aquella enigmática muñeca de sonrisa congelada.

Jamás volví a saber de aquella peculiar pareja.
No hubo plumas de ruiseñor, ni ojos de vidrio verde y ni hocico negro de cartón. Ni siquiera fue necesario que la llevasen entre cuatro. No precisaron de arena fina ni de crisantemos en flor.

Que disculpe Cecilia mi osadía al alterar su memoria y el sexo de  sus letras cuando, desenterrando hoy su música y la imagen de aquel viejo Don Quijote falto de caricias, recuerdo aquello de “qué sola muere mi gata Luna, qué solo y triste vivo yo”.

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