Me conociste opaco e insulso. Diabético. Pueril. Lánguido de
formas y desganado en materia de amores. Me descubriste oscuro, frío, rollizo
por una mala alimentación de palabras y disertaciones. Me escogiste así. Procuraste buscarme hosco
para hacerme después cortés y amable. Superamos mil y un reproches y se me
antojaron tus labios. Quise besarte. Me enredé
en tus pestañas y nos recitamos decenas de poemas y verdades a medias en una
misma tarde.
Aunque parco en palabras me volví un derrochador de caricias
y necedades. Me atrevo a decir incluso que llegué a ser simpático. En fechas
señaladas también afable.
Risueño.
Dulce.
Capaz.
Suave.
Me volviste un iluso,
un soñador. Me convertiste nuevamente en niño. Me devolviste al mundo y a una
vida de emociones y miradas largas. A una existencia de siluetas y yemas, de lenguas y cuellos
tibios. Empecé a adorarte en secreto; entregado y romántico. Lívido. Conseguiste
que te hablase de amor aún sin saber. Me prometiste una
estrella por día. Me ofreciste el cielo
y, queriendo siempre llegar la primera, cerraste las puertas detrás de ti para que nadie
entrara. Me dejaste sentado en el césped
vomitando el mortero de nuestra historia y mordiendo la hierba mojada.
Me dio por toser evocando la forma de tu pecho. Malgasté ternura
y dedos arrancando hiedras y enredaderas. Me perdí. Se
me agotaron los besos. También las letras.
Rememoré tu forma de caminar sobre la nieve una y otra vez, siempre tan vítrea y luminosa toda tú. Te vi desnuda
sobre el hielo y te inventé una onomástica. Y odié amarte. Tu cara y tu voz se
fueron disipando en mi memoria y me refugié en otras para poder olvidarte. Ahora lo pienso y, tal vez, lo que buscaba era recordarte aún más. Volver a encontrarte. Así fue como te comencé
a necesitar con la misma intensidad con la que tu recuerdo se alejaba rumbo a
ese nuevo invierno de silencios y tierra. Más aún. Hacia ese nuevo invierno debajo de las piedras.
Así, año tras año y hasta llegar el frío, otra vez opaco e insulso,
te seguí queriendo
a mi manera.
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