A ella le gustaba comparar el tono de su voz con un terrón
de azúcar, solubles ambos e igual de dulces. Porque Martín poseía una voz que sonaba aún mejor diluida en agua. A veces, sobre todo en los meses de frío, las vibraciones desaparecían
al primer contacto con el aire como el humo de un cigarrillo a punto de
apagarse. Una esquirla suelta que moría en una línea horizontal y paralela al suelo. El suyo era uno de esos timbres que nacen directamente de los pulmones para desaparecer
en el pecho de todo aquel que la oye como una verdad que por no decirla se nos muere dentro.
Sus ojos no la traicionaban. Era Martín. El golpe le dio de lleno en los maxilares. Ocurrió como siempre había visto en las películas. Volvió al momento en que se conocieron y reparó en lo poco que se había fijado en él. O nada. La primera toma de contacto fue huidiza, casi de manual. Presentaciones a cargo de una tercera persona que los introdujo a ambos e irremediablemente los sembró al uno en el otro elevándolos, tal vez, un poco más. Ese alguien que les brindó cierta pompa. Un nombre, el de él. Otro nombre, el de ella. Martín. Cristina. Un “¿Qué tal?” sobrio y al mismo tiempo austero suelto en el aire sin pedir ni exigir respuesta. Dos besos. Una sonrisa mutua y cordial. Ya.
Al rato ella tratando de recordar los rasgos de él forzando una imagen que todavía manchaba de tinta. Cuanto más
concienzuda era su batalla contra la memoria más se le escapaba él obedeciendo a esa ley que dicta
que las remembranzas viven a su aire y se dejan caer cuando quieren. Recordó también haber sentido
cierta vergüenza por ello. Temía no reconocerlo en caso de volver a cruzárselo nuevamente. Cayó además en que, al principio, no había reparado nunca en que
faltase o estuviese. Le daba igual. No le
importaba no verlo y, si lo veía pues, oye, muy bien. Regresó al día que le picó
el gusanillo de su nombre. Aquella frase maldita, “¿pero tú lo has visto bien?”
que, efectivamente, la hizo ver bien y enamorarse. Una conversación descuidada que, como
un café bien amargo, le abría los ojos y las ganas. Una charla irreverente, reveladora
y catastrófica al mismo tiempo pues, a partir de sería como un plato de ostras. Y Cris era alérgica a las ostras. Se le
hinchaba la cara y el pecho se le llenaba manchas y ronchas. Él sería, aunque en ese momento todavía lo ignoraba, como una de esas ostras que hacían que se le inflamaran los párpados. Quizá la peor ostra de la historia de las ostras. Se asustó pensando en cómo aquellas seis palabras unidas de manera casual pero intencionada
la habían llevado a buscarlo por un terreno vedado donde él ya paseaba
abrazado a alguien, felizmente inmerso en ese fluir intenso de energías que se desprende de los cuerpos enamorados. Y se odió todavía más al recordarlo así y verlo ahora en la misma calle asido a otra mano. Apoyado. Guiando y dejándose guiar. Amando.
Ella, que había sucumbido a él y a sus juegos, veía ahora
todo aquello como una tela de araña mojada a punto de romperse en el centro. ¿Promesas?
¿Y qué importaban las promesas ahora? Las promesas se habían convertido en
hilos deformes que la habían mantenido enganchada hasta ese día. Hasta ese preciso instante en que pudo
comprobar con sus propios ojos que no era ella el objeto de un” podríamos
quedar” o de ese sutil y mágico “tengo ganas de verte”; tampoco de un tierno “me gustas”
ni de la sensualidad de un “me muero de ganas de besarte”.
Mucho menos de ese “te quiero” odioso que le era ahora tan ajeno y tanto se le
había resistido. Ahora lo sabía.
Pues allí estaba Cris, de Cristina, al otro lado de la plaza, a la vista
de todos y de nadie, a la vista de ella misma, con el piloto rojo encendido,
deseando sobre todas las cosas ser esa otra que no era otra porque la otra era
ella, Cris, y no Nuria, la dueña de la mano asida, y deseando a la vez no serlo, para tener plena libertad de
maldecirlo también a él, a Martín, sin ningún tipo de tapujo ni reparo. Odiar sin culpas a aquel chico a todas luces hombre de mirada nostálgica y con una
fuerte tendencia a la melancolía y a la mentira. Ahora lo sabía. Aquella mueca risueña hecha para la serenidad
y el acune. Para la calma y el desarme. Por lo visto también para el embuste. Aquellos ojos de niño errante que ya no lo era porque paseaban de
la mano de otra que no era otra porque la otra era ella, la chica a la que un puñado de ostras le habían perforado estómago, alma y gaznate.
Y regresó de nuevo el día en que lo vio por primera vez aunque sólo fuese para volver a olvidar su cara y se odió por dentro por recordarlo tanto y dejarse llevar
por seis simples palabras y le dolió el pecho y la lengua se le puso azul y después nácar y cruzó la calle sin mirar ni ver y se oyó un ruido seco como el de un quebrar de huesos ...
Se despidió del asfalto con un beso en una última muestra de amor despistada. Saboreó alquitrán duro sin darse cuenta de cómo sus zapatos, aún tibios, rodaban en estado de anarquía por el suelo de la plaza.
Se despidió del asfalto con un beso en una última muestra de amor despistada. Saboreó alquitrán duro sin darse cuenta de cómo sus zapatos, aún tibios, rodaban en estado de anarquía por el suelo de la plaza.
La vieron inmóvil y paralela al cielo. La vieron helada.
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