miércoles, 9 de enero de 2013

El piloto rojo



A ella le gustaba comparar el tono de su voz con un terrón de azúcar, solubles ambos e igual de dulces. Porque Martín poseía una voz que sonaba aún mejor diluida en agua.  A veces, sobre todo en los meses de frío,  las vibraciones desaparecían al primer contacto con el aire como el humo de un cigarrillo a punto de apagarse. Una esquirla suelta que moría en una línea horizontal y paralela al suelo. El suyo era uno de esos timbres que nacen directamente de los pulmones para desaparecer en el pecho de todo aquel que la oye como una  verdad que por no decirla se nos muere dentro.
Sus ojos no la traicionaban. Era Martín. El golpe le dio de lleno en los maxilares.

Ocurrió como siempre había visto en las películas. Volvió al momento en que se conocieron y reparó en lo poco que se había fijado en él. O nada.  La primera toma de contacto fue  huidiza, casi de manual. Presentaciones a cargo de una tercera persona que los introdujo a ambos e irremediablemente los sembró al uno en el otro elevándolos, tal vez, un poco más. Ese alguien que les brindó cierta pompa. Un nombre, el de él. Otro nombre, el de ella. Martín. Cristina. Un “¿Qué tal?” sobrio y al mismo tiempo austero suelto en el aire sin pedir ni exigir respuesta.  Dos besos. Una sonrisa mutua y cordial. Ya.

Al rato ella tratando de recordar los rasgos de él forzando una imagen que todavía manchaba de tinta.  Cuanto más concienzuda era su batalla contra la memoria más se le escapaba él obedeciendo a esa ley que dicta que las remembranzas viven a su aire y se dejan caer cuando quieren. Recordó también  haber sentido cierta vergüenza por ello. Temía no  reconocerlo en caso de volver a cruzárselo nuevamente. Cayó además en que, al principio, no había reparado nunca en que faltase o estuviese. Le daba igual.  No le importaba no verlo y, si lo veía pues, oye, muy bien. Regresó al día que le picó el gusanillo de su nombre. Aquella frase maldita, “¿pero tú lo has visto bien?” que, efectivamente, la hizo ver bien y enamorarse. Una conversación descuidada que, como un café bien amargo, le abría los ojos y las ganas. Una charla irreverente, reveladora y catastrófica al mismo tiempo pues,  a partir de  sería como un plato de ostras. Y Cris era alérgica a las ostras. Se le hinchaba la cara y el pecho se le llenaba manchas y ronchas. Él sería, aunque en ese momento todavía lo ignoraba, como una de esas ostras que hacían que se le inflamaran los párpados. Quizá la peor ostra de la historia de las ostras. Se asustó pensando en cómo aquellas seis palabras unidas de manera casual pero intencionada la habían llevado a buscarlo por un terreno vedado donde él ya paseaba abrazado a alguien,  felizmente inmerso en ese fluir intenso de energías que se desprende de los cuerpos enamorados. Y se odió todavía más al recordarlo así y verlo ahora en la misma calle asido a otra mano. Apoyado. Guiando y dejándose guiar. Amando.

Ella, que había sucumbido a él y a sus juegos, veía ahora todo aquello como una tela de araña mojada a punto de romperse en el centro. ¿Promesas? ¿Y qué importaban las promesas ahora? Las promesas se habían convertido en hilos deformes que la habían mantenido enganchada hasta ese día.  Hasta ese preciso instante en que pudo comprobar con sus propios ojos que no era ella el objeto de un” podríamos quedar” o de ese sutil y mágico “tengo ganas de verte”; tampoco de un tierno “me gustas” ni de la sensualidad de un  “me muero de ganas de besarte”. Mucho menos de ese “te quiero” odioso que le era ahora tan ajeno y tanto se le había resistido. Ahora lo sabía.

Pues allí estaba Cris, de Cristina, al otro lado de la plaza, a la vista de todos y de nadie, a la vista de ella misma, con el piloto rojo encendido, deseando sobre todas las cosas ser esa otra que no era otra porque la otra era ella, Cris, y no Nuria, la dueña de la mano asida, y deseando a la vez no serlo, para tener plena libertad de maldecirlo también a él, a Martín, sin ningún tipo de tapujo ni reparo. Odiar sin culpas a aquel chico a todas luces hombre de mirada nostálgica y con una fuerte tendencia a la melancolía y a la mentira. Ahora lo sabía. Aquella mueca risueña hecha para la serenidad y el acune. Para la calma y el desarme. Por lo visto también para el embuste. Aquellos ojos de niño errante que ya no lo era porque paseaban de la mano de otra que no era otra porque la otra era ella, la chica a la que un puñado de ostras le habían perforado estómago, alma y gaznate.

Y regresó de nuevo el día en que lo vio por primera vez aunque sólo fuese  para volver a olvidar su cara y se odió por dentro por recordarlo tanto y dejarse llevar por seis  simples palabras y le dolió el pecho y la lengua se le puso azul y después nácar y cruzó la calle sin mirar ni ver y se oyó un ruido seco como el de un quebrar de huesos ...
Se despidió del asfalto con un beso en una última muestra de amor despistada. Saboreó alquitrán duro sin darse cuenta de cómo sus zapatos, aún tibios, rodaban en estado de anarquía por el suelo de la plaza.

La vieron inmóvil y paralela al cielo. La vieron helada.













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