La nuestra fue una historia tan secreta que se nos acostumbraron los ojos a ver a oscuras.
Aprendimos como nadie a dibujarnos con las manos y a
pintarnos de memoria. Nos mirábamos a ciegas. Cada caricia era un trazo en el lienzo de cientos de
noches a escondidas. Cada beso, la pregunta trampa sobre el lenguaje universal
de los deseos y las penas. Nuestras palabras eran
colillas lanzadas a tientas rodando a sus anchas por el colchón y éste,
deshilachado y roto, aguantaba el chaparrón de alientos y susurros en contacto
directo con la tierra.
Tú eras la princesa y yo el gato sin pellejo. Temí que para ti
fuese un problema eso de dormir en mi destierro, en aquella intemperie de bombillas
mohosas carente de sábanas. Tú te limitaste sonreír y saliste a comprar un reloj y unas cuantas velas. Aquella
mugre no te importó demasiado porque la nuestra nunca fue una de esas bonitas historias que nacen para ser contadas. Al fin y al cabo, ¿qué más dan el somier y las sábanas cuando dos
cuerpos reconocen que se aman?
Dime, a ti y a mí, ¿qué más nos daba si únicamente fuimos la huella de cada noche en la rompiente de la mañana?

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