…y en el fondo aprendes a quererla, al menos un poquito más.
A la gente, quiero decir. Y es que, a pesar de que hay ocasiones, las más
seguramente, en las que te entran ganas de irrumpir por doquier a mamporrazo
limpio para borrar ciertas caras de la faz de la tierra y dedicar el resto de
tu vida a la orfebrería dental, hay momentos del tú a tú en los que un gesto
involuntario o una simple mirada al azar puede convertirse en el arma más
destructiva y mortífera sobre la faz
tierra. Lástima que nadie se dedique a lanzar este tipo de armamento desde los
aviones, seguramente nos iría mejor en muchos aspectos.
La cosa está cruda. Hemos llegado a un terreno demasiado
árido y todo cuanto se dice o escribe de un tiempo a esta parte es como
predicar el desierto. Nada enraíza. Tampoco nada resulta increíble para nadie
porque, simple y llanamente, ya no nos espantamos con nada. Las líneas de
demarcación entre ficción y no ficción desaparecen con la goma de las corrupciones,
los suicidios y la injusticia social.
Cada historia que nos cuentan o se destapa, ya no nos mueve el
pellejo, al menos ya no tanto como
antes. Y no porque nos importe menos, ojo, sino porque es siempre más de lo
mismo y al final el que no se ha acorazado,
ha encallecido el corazón para asumir más fácilmente que “es lo que hay”
y poder sobrellevar las penurias como
buenamente se le permite sobrellevarlas.
Pero cuando ya te has rendido un poco al ver que los que
viven en el piso de arriba se ríen viendo cómo rebuscas en la basura por el
puro placer y gozo de llevarte algo a la boca, al menos, un par de veces al día, aterriza un
matrimonio de ancianos con sus caras arrugadas y entrañables y te enseñan que
lo que ellos creían que iba a ser la vida, en realidad ya no lo es ni lo será
nunca. Que son ellos los que siguen tirando p’alante en un mundo que, en
ocasiones, les viene ya demasiado grande si nos ponemos a pensar que antes, a
su edad, el siguiente paso era jubilarse para poner las piernas en alto y
recoger los frutos de muchos años de trabajo y sacrificio.
- Señorita,
por favor, ¿podría usted decirme dónde puedo encontrar los servicios? Es que llevamos
un rato ya dando vueltas y en este sitio tan enorme tendría que haber unos cuantos…”
Y, en efecto, había
unos cuantos, pero no me iba a poner a enumerárselos todos para que no
cometiesen el mismo error a próxima vez. Ante personas de ese bagaje soy de las
que prefiere callar, guardar respeto y un tributo sutil. Así que me limité a
señalarles los toilettes más cercanos. En cosa de diez minutos y, aprovechando
esa especie de hilillo de confianza que
tejen entre unos y otros las urgencias fisiológicas por el hecho de ser comunes
e inevitables, volvió la mujer sobre sus
pasos con un nuevo dilema: le había resultado imposible encontrar unos
pantalones adecuados para su marido, (porque “adecuados”, a día de hoy,
contempla más matices que antes) el caballero calvo, menudo, enjuto y pálido
que caminaba a su lado sin decir palabra mirando a todas partes con los ojos abiertos como platos y una
operación reciente de oído según pude saber después. Finalmente, los tres
llegamos a la conclusión clara e irrebatible de que las tiendas que no eran
para jóvenes, les eran económicamente
inaccesibles o no tenían el tipo de prendas que ellos buscaban, así que optamos
por dejar el tema en el aire a la espera del mercadillo de los martes.
Sin embargo, había un tercer dilema que ellos habían ido
relegando por pudor y por vergüenza y
fue el que hizo que moralmente me viniese abajo: aquel matrimonio de
edad avanzada tenía también una nieta, al menos una oficial para mí, y aquella
nieta, que cursaba quinto de primaria con unos cuantos nietos más de
matrimonios como el que yo tenía enfrente, era, además de nieta, hija de otro matrimonio parado y sin hogar desde hacía más de cuatro meses. Pues bien, aquella niña les había dado a escondidas a
sus abuelos, con los que ahora convivía,
el título de un libro de lectura que le habían solicitado en el colegio
al inicio del curso. Esta vez fue él, el caballero de la operación de oído, el
que se guardó la vergüenza y los pudores en el bolsillo para sacar del otro la
cartera donde guardaba, bien doblado, el papel azul con el título del texto que
la pequeña le había dado a hurtadillas.
- No sé si
nos puede usted ayudar también con esto pero,
¿sabe dónde puedo comprar este libro? – preguntó el hombre a la vez que
me mostraba la nota azul-. Es que mi nieta ya me ha venido llorando pidiendo
que por favor se lo compre y, señorita,
mi hija no me había comentado nada, ¿sabe? Yo tampoco sabía que a la
niña la estaban regañando por no llevarlo. Parece que tendría que haberlo
comprado en octubre y ahora es la única que no lo tiene pero, como usted
comprenderá, no tenía mi hija la cabeza en el libro …”
Y a lo mejor su hija no recordaba el nombre como tampoco yo
soy capaz de recordarlo ahora. Todavía en su presencia desempolvé un
refrán de mi tierra: “agora de vello, gaiteiro” (ahora de viejo, gaitero), tan chusco en otras circunstancias si se
adorna con cierta retranca, y no pude evitar sentir verdadera admiración por la
vehemencia de aquel hombre y de aquella mujer que empezaban a resignarse a
vivir una realidad invertida. De aquella
pareja que luego fue un matrimonio de tantos y más tarde el papá y la mamá de
una hija. Por aquellos suegros de un yerno y abuelos de una nieta que ahora,
como niña que era, lloraba por un libro que le hacía falta y no podía tener
porque sus padres carecían de lo que a otros,
por la simple razón de SÍ creerse con el derecho de vivir por encima de
sus posibilidades, les sale por las
orejas. Tengo que reconocer que me sentí demasiado pequeña, más, incluso, de lo
que ya soy. Hay corazones demasiado grandes.
“No
queremos ni pensar qué será de ellos si faltamos y esto no mejora”
“No vale la pena pensarlo”, les dije, “esto tiene que ir a
mejor, ya verán”. Sólo espero no haberles mentido o, al menos, no demasiado.
Mientras los veía alejarse me vino a la cabeza la voz de aquel Antonio Vega doblegado e
íntimo, “me da miedo la enormidad donde
nadie oye mi voz”. También la frase de Manuel Rivas en boca del Doctor Da Barca
en “El lápiz del carpintero”: “se le ha caído el corazón al suelo, colega”.
Últimamente los corazones han empezado a bajar hasta las alcantarillas, me temo. Pero no
se puede caer un corazón que nunca ha estado encima de ninguna parte, igual que
no se puede matar lo que nunca ha estado vivo
o perder lo que nunca ha sido de uno. Lo que sigue, ya en boca del
personaje de Gengis Khan es, para mí, una de las mejores escenas de la película
homónima:
“Si señor. Con tres cojones”. A sus pies abuelos.

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