No fue mucho tiempo, apenas unos minutos de semiinconsciencia.
¿El lugar? París. Si, si, París.
La ciudad de la luz y del amor y, casi con total seguridad,
la última ciudad que yo hubiese escogido para un paseo a media tarde. Pero ahí
estábamos los dos sin saber por qué, caminando el uno junto al otro sendero arriba
jugando a hacer equilibrios sobre un grueso muro de piedra cubierto de musgo. Se había empeñado en mostrarme el mundo. La
torre Eiffel, más pequeña que nunca en aquel atardecer, pasó a ser una madeja de hierro deforme plagada de
puntos de luz y bombillas fundidas. Instintivamente busqué su mano, cerré los ojos y pensé en el apocalipsis. El ambiente, sin embargo no olía demasiado a
catástrofe. Podía inferirse la torre y su vieja forma a partir de aquella especie
de cuadrícula fantasma en la que no crecía la hierba y, en un
abrir y cerrar de ojos, aquel ovillo
metálico tomó la forma de un viejo barco de guerra y fue el caballo de Troya. No había
Campos Elíseos ni monumento alguno al Triunfo o la Concordia. Mi París era
diferente al que todos guardan en su memoria fotográfica y sensorial. Diferente
también al suyo, al de él, que venía también de una urbe y en verano chapoteaba
en el asfalto.
Cuando llegamos a la zona más alta del monte la torre volvía
a erguirse imponente y llena de luz a nuestras espaldas haciendo que parpadease
la noche. Orgullosa e impecable, su figura resaltaba todavía más en aquel
entorno de foresta y mar en calma. Permanecimos
largo rato sin hablar contemplando cómo la marea deformaba a su antojo el reflejo de la luna
sobre las ondas. Ya no estábamos en París y el monumento férreo se había
convertido en una torre de alta tensión elegante y coqueta. No tardé en
reconocer un lugar que, hasta entonces, había permanecido arrinconado en el cajón de mi infancia con miles de
recortes y hojas sueltas. Una playa, un puente y un pedazo de tierra que, como un
cuerpo desnudo, se adentra con sigilo en el agua por la noche para no despertar
a las almas que descansan tras la muerte en la pequeña isla. Allí seguían las mismas rocas y los mismos
árboles a los que me encaramaba para saludar a los aviones. Los acompañaban ahora
miles de pequeños faroles plateados anclados al cielo. Y caí. Recordé que, siendo niña, subía hasta allí cuando hacía frío para que me purgase el aire del mar. Suerte que
siempre están pendientes el subconsciente y los sueños de recordar y enlazar pasado y presente…y futuro.
Me había olvidado de que también en
el fin del mundo, cuando se hace de noche, alguien se preocupa de encender todas las luces.

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