martes, 24 de julio de 2012

La rutina es un glucósido flavonoide


R-U-T-I-N-A.
Esa era la palabra.

Concepto nacido de la convención social para describir e identificar cualquier acto o situación que se prolonga en el tiempo, de manera repetitiva y sistemática. Hoy así. Mañana así. Pasado….uffff!! Así también. Y, ¿los domingos? Los domingos, bueno, no importa que te quedes en la cama un ratito más pero

…así.
Ya no había sorpresas ni días azules
La relación se había enfriado.

(...)
Pese a tener tiempo suficiente para comer con juntos, ella se cuidaba de no compartir espacio vital en las horas del mediodía.  Más de una vez se le había cortado la digestión con los reproches y las malas caras. También con sus humores agrios. De esto hacía ya mucho.

 Sabía de sobra que había alguien más a quien él se cuidaba de no mencionar. Una mujer de otra índole, pensamiento, opinión y nervio. Según parecía, alguien mejor a todas luces. A decir verdad, tampoco lo culpaba demasiado. Ella debería haber hecho lo mismo. Quizá por eso no daban el paso. Supuso que todavía quedaba entre ellos esa “faísca” de compromiso y cariño que evitaba el fin. Esa tierna muesca que prende en tardes de sol y luna, aunque no haya sol ni haya luna.

Pese a no haberse tocado en meses, seguían haciendo noche en la misma cama. Aquello era un consuelo para ambos. Un motivo más para no soltar amarras. Tumbados sobre un costado y de espaldas al otro, removían sentimientos sin decir palabra, hablando en silencios prolongados que los conducían al sueño. Así, un día y otro. Y otro más hasta llegar al canto del gallo. Alguna vez algún recuerdo se cruzaba por la parte interna del cráneo como los asteroides centauros de cola corta para languidecer en medio de un bosque de lodo y sapos podridos.
Esos días el olor era insoportable.

La mayoría de las ocasiones él era el que más tardaba en conciliar el sueño. Ni siquiera podía cerrar los ojos. De madrugada, y todas las noches, solía despertarse sudoroso en medio de fantasmas, espasmos y pesadillas. Inconsciente la buscaba en medio de su angustia y sólo cuando la sabía a su lado, tan cerca, se sentía con fuerzas para volver a componer los retales impíos de su cordura. Era obvio que ella se veía con alguien. Podía inferirlo de aquellas conversaciones que no tenían. De aquellas miradas que no se dirigían. De aquellos ojos que ya no lo desnudaban lentamente cada atardecer entre sábanas y eternas gamas de índigo difuminadas, todas ellas, en un cálido naranja butano.

Qué bonita estaba por las noches.

Era en verano cuando más le gustaba verla dormir. En aras de salvaguardar la comodidad en las noches de calor, ella se volvía hacia arriba y su cara se inclinaba hacia la línea imaginaria que los separaba sobre el colchón. Una mano sobre el estómago. La otra sobre la almohada, a la altura de la mejilla. El ritmo de su respiración era como un péndulo que lo sumergía en un estado hipnótico. La luz de la luna a través del hueco de la ventana le cubría los pies con una fina tela de luz. Aquella camiseta tres tallas más grande ocultaba decorosa los pechos que tantas veces había rozado sin pedir perdón ni permiso. Ahora ni siquiera un por favor impregnado en la más estricta cautela favorecería un más que deseado trueque nocturno. Aquel vaivén era sólo el comienzo de otra repetición más. Una nueva rutina dividida en tres partes bien diferenciadas que lo acompañarían del ocaso al alba sin dilaciones ni sobresaltos
...el miedo a que un día dejase de respirar le atenazaba los músculos

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