R-U-T-I-N-A.
Esa era la palabra.
Concepto nacido de la convención social para describir e
identificar cualquier acto o situación que se prolonga en el tiempo, de
manera repetitiva y sistemática. Hoy así. Mañana así. Pasado….uffff!! Así
también. Y, ¿los domingos? Los domingos, bueno, no importa que te quedes en la
cama un ratito más pero
…así.
Ya no había sorpresas ni días azulesLa relación se había enfriado.
(...)
Pese a tener tiempo suficiente para comer con juntos, ella se
cuidaba de no compartir espacio vital en las horas del mediodía. Más de una vez se le había cortado la
digestión con los reproches y las malas caras. También con sus humores agrios. De esto hacía ya mucho.
Sabía de sobra que
había alguien más a quien él se cuidaba de no mencionar. Una mujer de otra índole,
pensamiento, opinión y nervio. Según parecía, alguien mejor a todas luces. A decir
verdad, tampoco lo culpaba demasiado. Ella debería haber hecho lo mismo. Quizá
por eso no daban el paso. Supuso que todavía quedaba entre ellos esa “faísca”
de compromiso y cariño que evitaba el fin. Esa tierna muesca que prende en
tardes de sol y luna, aunque no haya sol ni haya luna.
Pese a no haberse tocado en meses, seguían haciendo noche en la misma cama. Aquello
era un consuelo para ambos. Un motivo más para no soltar amarras. Tumbados
sobre un costado y de espaldas al otro, removían sentimientos sin decir
palabra, hablando en silencios prolongados que los conducían al sueño. Así, un día
y otro. Y otro más hasta llegar al canto del gallo. Alguna vez algún recuerdo
se cruzaba por la parte interna del cráneo como los asteroides centauros de
cola corta para languidecer en medio de un bosque de lodo y sapos podridos.
Esos
días el olor era insoportable.
La mayoría de las ocasiones él era el que más tardaba en
conciliar el sueño. Ni siquiera podía cerrar los ojos. De
madrugada, y todas las noches, solía despertarse sudoroso en medio de fantasmas, espasmos
y pesadillas. Inconsciente la buscaba en medio de su angustia y sólo cuando la
sabía a su lado, tan cerca, se sentía con fuerzas para volver a componer los
retales impíos de su cordura. Era obvio que ella se veía con alguien. Podía inferirlo de
aquellas conversaciones que no tenían. De aquellas miradas que no se dirigían. De
aquellos ojos que ya no lo desnudaban lentamente cada atardecer entre sábanas y eternas gamas de
índigo difuminadas, todas ellas, en un cálido naranja butano.
Qué bonita estaba por las noches.
Era en verano cuando más le gustaba verla dormir. En aras de salvaguardar la comodidad en las noches de calor, ella se volvía
hacia arriba y su cara se inclinaba hacia la línea imaginaria que los separaba
sobre el colchón. Una mano sobre el estómago. La otra sobre la almohada,
a la altura de la mejilla. El ritmo de su respiración era como un péndulo que lo sumergía
en un estado hipnótico. La luz de la luna a través del hueco de la ventana le cubría los pies con una fina tela de luz. Aquella camiseta tres tallas más grande ocultaba decorosa los
pechos que tantas veces había rozado sin pedir perdón ni permiso. Ahora ni
siquiera un por favor impregnado en la más estricta cautela favorecería un más que deseado
trueque nocturno. Aquel vaivén era sólo el comienzo de otra repetición más. Una nueva
rutina dividida en tres partes bien diferenciadas que lo acompañarían del ocaso
al alba sin dilaciones ni sobresaltos
...el miedo a que un día dejase de respirar le atenazaba los músculos

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