lunes, 9 de julio de 2012

Cerdos en el barro



Joder, ¡menuda mierda!
El licor le supo diferente aquella mañana en la que la resaca lo invitó a repasar en su agenda los hechos acontecidos el año anterior.  Fue una carta envenenada, oculta en medio de de un burruño de apóstrofes momentáneos, ávida de acentuar una vida llena de huecos e islotes. Dicho de otro modo, fue una putada, como meterle un dedo en un ojo. La cabeza le dolía más que nunca, y no era extraño, teniendo en cuenta que aquella era una de sus peores crudas. Por un instante rogó a un Dios del que renegaba que por sus venas circulase agua fresca de manantial en lugar de aquella sosa cáustica de tintes dorados y olor a azufre. No pasó de ahí. Fue una especie de hemodiálisis mental fallida. Acto seguido, añorando la ligereza del ideario borracheril, ansió de nuevo un trago de vino peleón.

Aquel hábito de sumiller descontrolado no era nuevo. Llevaba meses dándose a la bebida como los cerdos al barro en el estío. Habitualmente, con la cuarta copa, comenzaban las gestas diarias entre él y sus sombras. Luego, entre vómitos y babas, se dedicaba a balbucear y a llorar una vida en la que trabajaba por cuenta ajena.

Ahora bien, en aquel despertar el orden de los factores había alterado el producto de forma alarmante. Si el curso de los hechos fuese el de una mañana al uso, después de comer levemente cualquier tentempié del frigorífico, fuese o no de amplia rodadura, se entretendría vagabundeando por aquel piso de mala muerte hasta que llegase el mediodía, una hora más adecuada para hacer compatible el consumo de alcohol como acto social y el mantenimiento de una imagen cuasi derruida. Aún siendo plenamente consciente de su condición de adicto, todavía conservaba intacto ese tipo de ceguera selectiva del que cree que puede pasar desapercibido siendo un elefante amarillo vestido de majorette. Paradojas de la vida, estados de ánimo o una perturbación genética más que nefasta. Sin embargo, y al hilo de lo antes mencionado, aquella mañana había algo diferente. A tientas por el pasillo consiguió llegar al mueble del teléfono colocado estratégicamente en el recibidor de aquel habitáculo de sesenta metros cuadrados. Siempre se ponía en lo peor así que  horas antes había tenido especial cuidado en dejar un espacio diáfano  entre la gruesa puerta de la entrada y el lugar donde se hallaba la cama. El recorrido desde el dormitorio era tan simple que había evolucionado de carrera de obstáculos a  proeza de jinete gaucho en el canto de un duro. La Historia siempre ha estado llena de logros. Los primates desarrollaron los pulgares para descolgarse de un árbol a otro durante el deshielo y él había conseguido desarrollar un sentido de la orientación detectivesco en apenas unas semanas a causa de su afición a las bebidas destiladas. El efecto helicóptero ya no era un problema siempre que hubiese una fregona cerca.

Reparó entonces en que no se había despertado a causa de los temblores y del nerviosismo propios del síndrome de abstinencia. El reloj despertador daba las siete. La luz roja del contestador parpadeaba desde hacía horas…

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