Joder, ¡menuda mierda!
El licor le supo diferente aquella mañana en la que la
resaca lo invitó a repasar en su agenda los hechos acontecidos el año anterior.
Fue una carta envenenada, oculta en
medio de de un burruño de apóstrofes momentáneos, ávida de acentuar una vida
llena de huecos e islotes. Dicho de otro modo, fue una putada, como meterle un dedo en un ojo. La cabeza le dolía más que nunca, y no era extraño, teniendo en cuenta
que aquella era una de sus peores crudas. Por un instante rogó a un Dios del
que renegaba que por sus venas circulase agua fresca de manantial en lugar de
aquella sosa cáustica de tintes dorados y olor a azufre. No pasó de ahí. Fue una
especie de hemodiálisis mental fallida. Acto seguido, añorando la ligereza del ideario
borracheril, ansió de nuevo un trago de vino peleón.
Aquel hábito de sumiller descontrolado no era nuevo. Llevaba
meses dándose a la bebida como los cerdos al barro en el estío. Habitualmente,
con la cuarta copa, comenzaban las gestas diarias entre él y sus sombras. Luego,
entre vómitos y babas, se dedicaba a balbucear y a llorar una vida en la que
trabajaba por cuenta ajena.
Ahora bien, en aquel despertar el orden de los factores
había alterado el producto de forma alarmante. Si el curso de los hechos fuese
el de una mañana al uso, después de comer levemente cualquier tentempié del
frigorífico, fuese o no de amplia rodadura, se entretendría vagabundeando por
aquel piso de mala muerte hasta que llegase el mediodía, una hora más adecuada
para hacer compatible el consumo de alcohol como acto social y el mantenimiento
de una imagen cuasi derruida. Aún siendo plenamente consciente de su condición
de adicto, todavía conservaba intacto ese tipo de ceguera selectiva del que
cree que puede pasar desapercibido siendo un elefante amarillo vestido de
majorette. Paradojas de la vida, estados de ánimo o una perturbación genética
más que nefasta. Sin embargo, y al hilo de lo antes mencionado, aquella mañana
había algo diferente. A tientas por el pasillo consiguió llegar al mueble del
teléfono colocado estratégicamente en el recibidor de aquel habitáculo de
sesenta metros cuadrados. Siempre se ponía en lo peor así que horas antes había tenido especial cuidado en
dejar un espacio diáfano entre la gruesa
puerta de la entrada y el lugar donde se hallaba la cama. El recorrido desde el dormitorio era tan simple que había evolucionado de carrera de obstáculos a
proeza de jinete gaucho en el canto de
un duro. La Historia siempre ha estado llena de logros. Los primates desarrollaron
los pulgares para descolgarse de un árbol a otro durante el deshielo y él había
conseguido desarrollar un sentido de la orientación detectivesco en apenas unas
semanas a causa de su afición a las bebidas destiladas. El efecto helicóptero ya no era un problema siempre que hubiese una
fregona cerca.
Reparó entonces en que no se había despertado a causa de los
temblores y del nerviosismo propios del síndrome de abstinencia. El reloj despertador
daba las siete. La luz roja del contestador parpadeaba desde hacía horas…
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