lunes, 4 de octubre de 2010

Quien a hierro mata...

Lo reconoció al instante. Fue como esos momentos que tienes la certeza de haber vivido antes y te hacen sangrar las encías. En seguida supo que no venía en son de paz por la furia incontrolada que escupían sus ojos. "No era el odio de siempre", se dijo a sí misma. Esta vez había algo en su mirada que le turbaba la mente y le removía las tripas: determinación de terminar lo que un día, ya muy lejano, decidió comenzar. El estómago de ella tomó la forma de una pera de San Juan. Cada paso de él recorría con saña cada milésima de segundo y la aproximaba más a la incertidumbre de un final que algún escritor ebrio estaba a punto de vomitar en alguna parte. Supo entonces que uno de los dos no saldría con vida de aquella cita fortuita. Tomó con ambas manos la sartén repleta de aceite hirviendo en la que había dorado las patatas y dibujó en el aire la silueta más perfecta con el color de la miel recién extraída de los panales del Norte. Un solo impulso bastó para que él soltase el abrecartas y comenzase a retorcerse sobre las baldosas cuarteadas de los incontables golpes sobre la mesa. Ella hizo como si hubiese decidido cambiar de plato. Quien a hierro mata…

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