domingo, 21 de octubre de 2012

Botas para la lluvia y la subida de las mareas


¿Alguien me puede explicar a santo de qué el cielo se desplomó de aquella forma?

Nunca había visto llover así. Llovía con sorna y con esa retranca que sólo se hereda si las ideas enraízan en la “lama” y llenan los montes de “vagalumes” . Llovía en vertical, directamente del cielo y sin atajos. Por todas partes corrían personas y ratas a resguardarse de aquel desbordamiento inesperado del mar y del río. Semana de mareas vivas, había dicho mi madre, y no debió equivocarse cuando el cielo rugía de aquel modo. Si ponía atención incluso tal pareciaera que exigiese a gritos una genuflexión, una oda a la luna y la rosa de los vientos.
Soportales y balcones aguantaban estoicamente los envites de la naturaleza. Ellos, que siempre habían jugado a guarecer del sol a los viandantes y de los ojos curiosos a los enamorados, que tampoco faltaban y falta hacían.

Solté el paraguas y, asegurándome primero de que nadie miraba, entrecerré los ojos y  saboreé aquella hermosa mezcolanza de lluvia y pestañas. De pronto todo pareció ir más lento. Desde abajo la lluvia conformaba una amalgama de aguijones precipitándose sobre el asfalto, las aceras empedradas y los charcos, desde un techo gris jaspeado. Al llegar al suelo de adoquines  las gotas estallaban en decenas de lágrimas que conducían el dolor del pueblo a las alcantarillas.  Cada partícula  materializaba la millonésima parte de un universo hecho de plástico de burbujas. Plas. Plas.Plas . El agua caía a plomo como la tapa de un libro que se cierra para no dejar escapar las almas de sus personajes, como unos párpados que claudican en favor del sueño, del cansancio o de la muerte.

Caminé entre los coches hasta llegar Plaza de Santiago y me detuve ante la tienda de relojes. El péndulo dorado del reloj que vivía presidiendo el escaparate desde antes incluso del nacimiento de mi mala memoria, anunciaba las siete de la tarde. Segundos después sonaba el Ave María a campanadas.
Fue ese cosquilleo esporádico que va desde el inicio de la espina dorsal hasta la nuca el que me advirtió de que Marcial, el de la zapatería,  estaba siendo testigo de mis periplos desde el otro lado de la calle. Reía.
- Es lo que tiene haber nacido donde antes era mar, - apuntó burlón señalando mis pies-. Lo que engulle, tarde o temprano, lo devuelve. Pero aquello que le arrebatan lo acaba reclamando antes o después.
Reí junto a Marcial aquella furia inesperada.
 Había olvidado ponerme botas.

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