¿Alguien me puede explicar a santo de qué el cielo se desplomó de
aquella forma?
Nunca había visto llover así. Llovía con
sorna y con esa retranca que sólo se hereda si las ideas enraízan en la “lama”
y llenan los montes de “vagalumes” . Llovía en vertical, directamente del cielo y
sin atajos. Por todas partes corrían personas y ratas a resguardarse de aquel desbordamiento
inesperado del mar y del río. Semana de mareas vivas, había dicho mi madre, y
no debió equivocarse cuando el cielo rugía de aquel modo. Si ponía atención incluso tal pareciaera
que exigiese a gritos una genuflexión, una oda a la luna y la rosa de
los vientos. Soportales y balcones aguantaban estoicamente los envites de la naturaleza. Ellos, que siempre habían jugado a guarecer del sol a los viandantes y de los ojos curiosos a los enamorados, que tampoco faltaban y falta hacían.
Solté el paraguas y, asegurándome primero de que nadie
miraba, entrecerré los ojos y saboreé
aquella hermosa mezcolanza de lluvia y pestañas. De pronto todo pareció ir más
lento. Desde abajo la lluvia conformaba una amalgama de aguijones
precipitándose sobre el asfalto, las aceras empedradas y los charcos, desde un
techo gris jaspeado. Al llegar al suelo de adoquines las gotas estallaban en decenas de lágrimas
que conducían el dolor del pueblo a las alcantarillas. Cada partícula materializaba la millonésima parte de un
universo hecho de plástico de burbujas. Plas. Plas.Plas . El agua caía a plomo como la tapa de un
libro que se cierra para no dejar escapar las almas de sus personajes, como
unos párpados que claudican en favor del sueño, del cansancio o de la muerte.
Caminé entre los coches hasta llegar Plaza de Santiago y me
detuve ante la tienda de relojes. El péndulo
dorado del reloj que vivía presidiendo el escaparate desde antes incluso del nacimiento de mi mala memoria, anunciaba las siete de la tarde. Segundos después sonaba el Ave María a campanadas.
Fue
ese cosquilleo esporádico que va desde el inicio de la espina dorsal hasta la
nuca el que me advirtió de que Marcial, el de la zapatería, estaba siendo testigo de mis periplos desde el otro
lado de la calle. Reía.
- Es lo que tiene haber nacido donde antes era mar, - apuntó burlón señalando mis pies-. Lo que engulle, tarde o temprano, lo devuelve. Pero aquello que le arrebatan lo acaba reclamando antes o después.
Reí junto a Marcial aquella furia inesperada.
Había olvidado ponerme botas.
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