
Ella me dijo un día que vivía en una pequeña burbuja rellena de oxígeno puro. Ni siquiera sabía cómo había llegado allí. Supuso que la habitaba desde siempre. Aquel lugar frío y minimalista había sido su hogar desde que era tan sólo un pequeño punto en medio del universo. Me contó que cuando le dieron la oportunidad de salir al mundo una intensa emoción la embargó desde la planta de los pies hasta la puntita del cabello más largo. Fue como una explosión que la corrompió por dentro, una gigantesca llama que envolvió por completo cada centímetro de su piel.
Trazó mil planes en su soñadora mente adolescente. Cientos de esquemas sucumbieron a las más anheladas ilusiones y un día, de repente, sintió que flotaba.
Me confesó que lo primero que sintió al poner sus pies sobre el suelo fue un miedo atroz que le atenazó hasta aquellos músculos de su cuerpo de desconocía poseer. Una ráfaga de aire consiguió erizarle la piel y sintió como si un halo de voz le estuviese acariciando la nuca. Pero siguió caminando…
En su primer paseo vio discusiones, peleas, gritos…vio como un hombre engañaba a una mujer y más adelante como era una mujer la que engañaba al hombre. Vio a una anciana tirada en la calle entre los pasos indiferentes de la gente que se dejaba llevar por el ritmo de la costumbre. Vio como un hombre golpeaba a un perro y cómo otro acudía puntualmente cada día y tras la misma mujer para visitar a su dueño en un pequeño cementerio. Y allí permanecía sentado hasta que su diálogo sutil terminaba. Incluso juró haber visto una pequeña lágrima dejarse caer desde los tristes ojitos del pequeño animal. Unos metros más allá recordó haber visto una tumba abierta, una caja y cientos de lágrimas más. Y siguió caminando…
Más adelante vio bombas, vio niños muriéndose de hambre y niños con chupetes de oro y diamantes. Vio fuego, vio odio, vio terror, vio miseria…y quiso volver a su pequeña burbuja. No pudo más que sentir una inmensa pena que le oprimía su pequeño y frágil corazón. Por primera vez, la pequeña lloró.
Comenzó entonces su camino de vuelta. A los pocos pasos conoció a un niño. Era rubio, dijo, con unos profundos ojos azules. Tan grandes como tristes. El niño había dejado su casa como lo había hecho ella en busca de ilusiones y ahora lo único que buscaba era volver, pero no sabía cómo. No recordaba su nombre pero me dijo que podía ser parte de la realeza como ella, que siempre se había sentido la princesita de su burbuja.
Cuando se despidieron él le regaló una hermosa rosa blanca y un tierno beso al tiempo que daban un comienzo a sus caminos de desencanto.
Cuando yo me la encontré estaba acurrucada en unas escaleras mojada por la lluvia y muerta de frío. No me dijo nada cuando le pregunté su nombre. La única consciencia que le quedaba la utilizaba para temblar y para llorar de miedo. Era tan sólo una niña y con el pelito mojado más niña parecía. Pero se quedó ahí, quieta…Como una sonrisa que permanece impávida e inerte. Como el rostro más dulce coartado por una minúscula arruga. Como la mirada más pura escupiendo retales de perversión. Su expresión era la de una criatura que había visto morir su mundo. En su burbuja se había formado un pequeño agujero por el que se había ido todo el oxígeno. Ya no había vida…Se había quedado completamente sola.
Durmió y durmió hasta que un ligero tono nacarado pobló sus preciosas mejillas. Comió como nunca y habló, chilló, cantó, saltó, bailó…Fue entonces cuando lo supe, cuando tuve aquella triste certeza, nunca más volvería a verla. Con su inocencia parte de la princesita se había muerto también y poco a poco lo iba haciendo su pequeño cuerpo.
Esa noche se durmió mientras le leía un cuento de hadas y gnomos. En su rostro se reflejaba la paz más infinita. Tenía una ligera sonrisa que arrugaba la comisura de sus labios. Con un beso en la frente sellé su alma, sus sueños y mi despedida, sabiendo casi con seguridad que al alba ya no estaría conmigo.
Seguramente se fue con las últimas gotitas del rocío de la mañana.
Cuando entré en la habitación sólo encontré una rosa blanca sobre la cama y un mechoncito de pelo rubio sobre la almohada que todavía olía a mora. Aquella pequeña alma me había dejado el único tesoro que el mundo le había regalado. Aquella niña había pasado por la vida sin dejar huella en nadie, bueno, en su amigo de los ojos azules y en mi…
Desde ese día y cada noche miro a las estrellas esperando verla. De vez en cuando algo surca el cielo. Un pequeño puntito blanco que ilumina todo cuanto lo rodea y deja a caer una lluvia de purpurina de color plata. La rosa sigue intacta sobre la cama y brilla más que nunca. Sé que algún día vendrá a por ella y llenará el mundo de destellos de colores.
Cuando el cielo se vea azul soltaré pompitas de jabón para que donde estés puedas llenarlas de vida. Cuando llueva dejaré un paraguas en la puerta. Cuando llore me aferraré a tu recuerdo y le daré forma. Donde estés deja caer trocitos de algodón de azúcar…
Por cierto, algunas mañanas siento como una brisa dulce y cálida me despierta tímidamente… ¿eres tú?
Trazó mil planes en su soñadora mente adolescente. Cientos de esquemas sucumbieron a las más anheladas ilusiones y un día, de repente, sintió que flotaba.
Me confesó que lo primero que sintió al poner sus pies sobre el suelo fue un miedo atroz que le atenazó hasta aquellos músculos de su cuerpo de desconocía poseer. Una ráfaga de aire consiguió erizarle la piel y sintió como si un halo de voz le estuviese acariciando la nuca. Pero siguió caminando…
En su primer paseo vio discusiones, peleas, gritos…vio como un hombre engañaba a una mujer y más adelante como era una mujer la que engañaba al hombre. Vio a una anciana tirada en la calle entre los pasos indiferentes de la gente que se dejaba llevar por el ritmo de la costumbre. Vio como un hombre golpeaba a un perro y cómo otro acudía puntualmente cada día y tras la misma mujer para visitar a su dueño en un pequeño cementerio. Y allí permanecía sentado hasta que su diálogo sutil terminaba. Incluso juró haber visto una pequeña lágrima dejarse caer desde los tristes ojitos del pequeño animal. Unos metros más allá recordó haber visto una tumba abierta, una caja y cientos de lágrimas más. Y siguió caminando…
Más adelante vio bombas, vio niños muriéndose de hambre y niños con chupetes de oro y diamantes. Vio fuego, vio odio, vio terror, vio miseria…y quiso volver a su pequeña burbuja. No pudo más que sentir una inmensa pena que le oprimía su pequeño y frágil corazón. Por primera vez, la pequeña lloró.
Comenzó entonces su camino de vuelta. A los pocos pasos conoció a un niño. Era rubio, dijo, con unos profundos ojos azules. Tan grandes como tristes. El niño había dejado su casa como lo había hecho ella en busca de ilusiones y ahora lo único que buscaba era volver, pero no sabía cómo. No recordaba su nombre pero me dijo que podía ser parte de la realeza como ella, que siempre se había sentido la princesita de su burbuja.
Cuando se despidieron él le regaló una hermosa rosa blanca y un tierno beso al tiempo que daban un comienzo a sus caminos de desencanto.
Cuando yo me la encontré estaba acurrucada en unas escaleras mojada por la lluvia y muerta de frío. No me dijo nada cuando le pregunté su nombre. La única consciencia que le quedaba la utilizaba para temblar y para llorar de miedo. Era tan sólo una niña y con el pelito mojado más niña parecía. Pero se quedó ahí, quieta…Como una sonrisa que permanece impávida e inerte. Como el rostro más dulce coartado por una minúscula arruga. Como la mirada más pura escupiendo retales de perversión. Su expresión era la de una criatura que había visto morir su mundo. En su burbuja se había formado un pequeño agujero por el que se había ido todo el oxígeno. Ya no había vida…Se había quedado completamente sola.
Durmió y durmió hasta que un ligero tono nacarado pobló sus preciosas mejillas. Comió como nunca y habló, chilló, cantó, saltó, bailó…Fue entonces cuando lo supe, cuando tuve aquella triste certeza, nunca más volvería a verla. Con su inocencia parte de la princesita se había muerto también y poco a poco lo iba haciendo su pequeño cuerpo.
Esa noche se durmió mientras le leía un cuento de hadas y gnomos. En su rostro se reflejaba la paz más infinita. Tenía una ligera sonrisa que arrugaba la comisura de sus labios. Con un beso en la frente sellé su alma, sus sueños y mi despedida, sabiendo casi con seguridad que al alba ya no estaría conmigo.
Seguramente se fue con las últimas gotitas del rocío de la mañana.
Cuando entré en la habitación sólo encontré una rosa blanca sobre la cama y un mechoncito de pelo rubio sobre la almohada que todavía olía a mora. Aquella pequeña alma me había dejado el único tesoro que el mundo le había regalado. Aquella niña había pasado por la vida sin dejar huella en nadie, bueno, en su amigo de los ojos azules y en mi…
Desde ese día y cada noche miro a las estrellas esperando verla. De vez en cuando algo surca el cielo. Un pequeño puntito blanco que ilumina todo cuanto lo rodea y deja a caer una lluvia de purpurina de color plata. La rosa sigue intacta sobre la cama y brilla más que nunca. Sé que algún día vendrá a por ella y llenará el mundo de destellos de colores.
Cuando el cielo se vea azul soltaré pompitas de jabón para que donde estés puedas llenarlas de vida. Cuando llueva dejaré un paraguas en la puerta. Cuando llore me aferraré a tu recuerdo y le daré forma. Donde estés deja caer trocitos de algodón de azúcar…
Por cierto, algunas mañanas siento como una brisa dulce y cálida me despierta tímidamente… ¿eres tú?
No hay comentarios:
Publicar un comentario