domingo, 24 de mayo de 2009

Miedo a que vuelen las palomas


Se sentaba cada mañana en el mismo banco del parque sólo para tener el gusto de darle de comer miguitas de pan a las palomas. Lo llevaba haciendo durante años. Trece, tal vez catorce. Puede que incluso quince. De repente una mañana uno de aquellos trocitos de pan duro que desgajaba minunciosamente con sus torpes dedos se atravesó en la pequeña garganta de la paloma con la mancha negra en el pecho. Jamás volvió a ese parque. Nunca más aquellas palomas volvieron a comer de la mano de aquella mujer.
Con el tiempo comenzó a acurrucarse en la mecedora de la terraza contando uno a uno lo coches que recorrían el tramo de su calle. Cuando pasaba un camión, la cuenta paraba y volvía a empezar de nuevo. Con las piernas expuestas al tibio sol de la primavera fue testigo de la entrada triunfal del ardiente sol del verano. Pero pasó el otoño y finalmente llegó el invierno. Un veintisiete de enero decidió que no volvería a salir. El frío que pululaba en el aire le había helado los dedos de los pies.
Y pasó el tiempo
Volvió a su juventud el día que la sacaron de su casa entre montañas de basura. Aquel día hacía sol pero el frío aún cortaba al respirar. Con su bufanda y sus guantes de cuadros rojos y verdes cerró con llave la puerta de su casa. Debajo de la maceta de la entrada, junto a una minúscula cucaracha muerta, había dejado la de repuesto.
Apenas había dormido por la noche y un ligero dolor de cabeza le hacía palpitar sus cinco sentidos. Sus pies se dejaban guiar por un movimiento casi automático. Primero uno, después el otro.
Todavía le daba vueltas a lo ocurrido la tarde anterior. No sabía si había hecho lo correcto. Ella pensaba que sí. Luchaba por mostrarse segura de ello.
Él se había marchado a la otra punta del mundo y sólo un “hasta pronto” lleno de angustia y miedo había conseguido nublarle la vista por un momento. Sabía que lo quería. Sabía que nadie podría sentir nunca por él lo que ella sentía, pero también sabía que debía dejarle ir. La sola idea de partir tras él la clavó todavía más a la moqueta de su habitación.
Y él se fue. Ella lo recordó para siempre desde esa tarde.
A veces tenía miedo de pensarlo demasiado por si los recuerdos comenzaban a difuminarse en su mente. Entonces cerraba los ojos con fuerza y fingía escucharlo. Su voz permanecía casi intacta en su cabeza.
Con el pasar de los años su rostro comenzó a deformarse poco a poco. Empezó a pensar que debía guardarle tributo en su corazón. Empezó a convencerse de que tan sólo a él debía reservarle su vida. Con el tiempo se enfundó en su traje de mártir del mal amor y atrancó cada una de las verjas que cercaban su alma. No quiso ver. No quiso sentir más. Ni siquiera deseó que él regresase de nuevo. Sus ojos se volvieron vidriosos. Su mirada cada vez más vacía se tornaba ausente de cuando en cuando.
Los años comenzaron a mostrarle las crueles consecuencias de su decisión. Nunca se pudo perdonar no haber tenido el valor de seguirlo. Ella misma se había labrado su destino.
No hubo tiempo para una nueva vida porque apenas hubo tiempo para respirar. Quiso crecer, si, pero se ahogó cuando los huesos comenzaron a tensarse.
El recuerdo nítido de aquella voz pasó a formar parte de un vago resquicio de ecos que todavía retumbaban en su imaginación. La llave, la cucaracha, las palomas, el parque, los coches, el sol, el frío, aquella tarde, la distancia, la despedida… Él
Muchos años habían pasado ya. Muchos momentos se le habían filtrado entre los dedos.
Voló un veinte de mayo.
Las palomas se hicieron al cielo de repente como si cientos de niños hubiesen querido jugar a la misma hora a espantarlas. La atmósfera se cubrió de plumas blancas y el sol resplandeció más que nunca

En un balcón una anciana extendió sus escuálidas y consumidas piernas al sol.
Un camión. Uno, dos, tres…

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