...y allí seguía. De pie, impertérrito como la última vez que nos cruzamos. Nos miramos con displicencia e incluso al tratar de leer entre líneas logré descifrar cierta sorna en el aire. Era un linaje de vida después de la muerte. Era un estigma con pelo que emanaba de un miedo atroz a borrar de un plumazo parte del pasado. En apariencia seguía siendo el mismo. Sólo en apariencia. No me dirigió la palabra. Ni siquiera me siguió con la mirada como lo hacía antes cuando yo fingía no tenerlo cerca e inventaba mil excusas para sacarlo de mi vida. Esta vez era diferente. Algo en él había cambiado de manera sustancial y yo me hacía jirones por saber cuál había sido el motivo. Me odiaba profundamente. Odiaba lo que había hecho de él. Nunca fui sincera. Nunca le conté que tiendo a sacar feroces leones de los mininos con mayor aplomo. Su mueca casi burlona ocupaba ya un nuevo lugar en mi universo. Un enclave del que nadie lo podría apartar jamás…
Un gato de escayola acampó en mi mesilla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario