miércoles, 4 de enero de 2012

Deja que te cuente


Llegaste sin avisar como en tus mejores tiempos. Dejaste el abrigo en el colgador de la entrada y jugaste a los detectives en busca del último trozo de chocolate que reposaba en la encimera. A tu alrededor sólo el silencio hacía de coro al trinar de los pájaros. Notas graves y agudas que dejaban patente tu inestable estado anímico. Arriba y abajo. Derecha, izquierda…

 El sol se coló por la ventana.

 Recordaste entonces que habías olvidado las llaves en el bolsillo y lo removiste curioso como buscando algo más. Algún grano de arena quizá. Algún recuerdo de aquella piel que había dejado su esencia en aquel jersey de lana tejido a mano color verde agua. Un verde diferente a aquel que recordabas a diario y que, cual disco rayado, comenzaba a difuminarse en tu memoria como los primeros trazos en el papel de un niño de teta.

Cruzaste el recibidor con la delicadeza y la candidez de una bailarina en pleno acto y abriste la puerta del cuarto con el suficiente cuidado como para dejar  al cobijo de la luz el color de su pelo. Ese negro azulado que siempre te había causado curiosidad. Su hubieses sido mujer casi con total seguridad lo hubieras elegido también, igual que ella. Al fin y al cabo eso es lo que habías sido siempre. Una réplica exacta de la mujer que te había dado la vida.

Con sumo cuidado depositaste en su frente un último beso y saliste de la casa dejando estrellas de mar en cada huella para que pudiese lanzarlas al cielo en cada onomástica. Enterraste las llaves bajo el rosal... como en tus mejores tiempos. Las rosas ya tenían un color diferente al de la última vez. Olía a jazmines. La mañana tenía la serenidad de la flor de naranjo…

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