Llegaste sin avisar como en tus mejores tiempos. Dejaste el
abrigo en el colgador de la entrada y jugaste a los detectives en busca del
último trozo de chocolate que reposaba en la encimera. A tu alrededor sólo el
silencio hacía de coro al trinar de los pájaros. Notas graves y agudas que
dejaban patente tu inestable estado anímico. Arriba y abajo. Derecha, izquierda…
El sol se coló por la
ventana.
Recordaste entonces
que habías olvidado las llaves en el bolsillo y lo removiste curioso como buscando
algo más. Algún grano de arena quizá. Algún recuerdo de aquella piel que había
dejado su esencia en aquel jersey de lana tejido a mano color verde agua. Un verde
diferente a aquel que recordabas a diario y que, cual disco rayado, comenzaba a
difuminarse en tu memoria como los primeros trazos en el papel de un niño de
teta.
Cruzaste el recibidor con la delicadeza y la candidez de una
bailarina en pleno acto y abriste la puerta del cuarto con el suficiente
cuidado como para dejar al cobijo de la
luz el color de su pelo. Ese negro azulado que siempre te había causado
curiosidad. Su hubieses sido mujer casi con total seguridad lo hubieras elegido
también, igual que ella. Al fin y al cabo eso es lo que habías sido siempre. Una
réplica exacta de la mujer que te había dado la vida.
Con sumo cuidado depositaste en su frente un último beso y
saliste de la casa dejando estrellas de mar en cada huella para que pudiese
lanzarlas al cielo en cada onomástica. Enterraste las llaves bajo el rosal... como en
tus mejores tiempos. Las rosas ya tenían un color diferente al de la última
vez. Olía a jazmines. La mañana tenía la serenidad de la flor de naranjo…
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