Dicen que el miedo es una reacción de nuestra mente ante lo
desconocido, ante todo aquello que dormita tras esa barrera que cualquier pastor
abre el 7 de julio y que avanza hacia nosotros imperturbable, indestructible,
imparable. El miedo pasa a ser entonces una personalización del mal que se
desgañita por arrebatarnos todo tipo de armas arrojadizas y escudos de latón. Nos
desnuda ante un sentimiento ilógico y
cruel. A veces nos bloquea, otras nos hace reír sin control, en ocasiones
incluso nos avoca a actos suicidas tomando las decisiones más ridículas.
El miedo se convierte con el tiempo en un arma de doble filo:
nos empuja al avance, al cambio si pero, al mismo tiempo, nos condiciona y nos
pone sobre la mesa sólo un número limitado de cartas. Decisiones viciadas de
origen, pervertidas desde un principio.
Hay quien dice que existen varios tipos de miedos: el miedo
a la muerte, el miedo al amor (¡pánico!) , el miedo al dolor, el miedo al
compromiso… Yo, sin embargo, creo que todo se reduce al único sentimiento capaz
de provocar verdaderos desastres en nuestra propia conducta: el miedo al propio
miedo.
El temor nos opaca, nos limita y nos hace ver un universo
parcial, una cara que habitualmente es lenta y adversa. Comenzamos entonces a
huir, a evitar, a escapar de todo aquello que implica un riesgo o la
posibilidad remota del sufrimiento. La comodidad y la rutina se adueñan de
nuestra vida. A partir de entonces todo aquello cuanto se sale de la norma es ONI
(Objeto No Identificado) y, por lo tanto, es necesario esquivarlo y buscar un
lugar diáfano…
¿No?
Pues no
El destino, en esencia, es terreno virgen. No sabemos dónde
puede haber una mina, un pozo o una trampa para osos. Ignoramos dónde están los
aviones defectuosos, los trenes con un cable suelto o los autobuses que pierden
combustible. Desconocemos quiénes harán que reneguemos del amor o de la amistad,
qué trabajo terminará de hundirnos o bajo qué luna un doctor nos dirá que
estamos desahuciados.
¡Nadie dijo que vivir fuese fácil!
Todo es factible de darnos miedo. Absolutamente todo.
Una vez llegados a
este punto será tarea de titanes no seguir el camino de baldosas amarillas
pero, machete en mano, habrá que ir abriendo sendas.
Todavía confío en la voluntad del hombre libre
…incluso de sus propias turbaciones
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