Nació como domador de letras dentro de un contenedor de
emociones en papel plastificado. A diestro
y siniestro regalaba ramos de flores secas y caramelos de cereza. Observé que en sus ratos libres se
dedicaba a escribir el libro de la sílaba tónica en clave de sol con aires de
esdrújula. Con él pretendía renombrar a las auroras boreales de la A la Z. Lo llamó El libro de los sueños. A las en punto garabateaba sus
páginas sin vergüenza, sin el rubor de dejar al descubierto cientos de
palabras sin decir, mirando a los ojos y mostrando su lengua.
Fue así como un día no despertó. Fue así y no de otra
manera. De él aprendí a dar los buenos días al sol sin reservas mientras inventaba un sitio entre sus lamentos, entre sus risas, entre sus leyendas.
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