domingo, 16 de septiembre de 2012

Balidos y gorjeos


Corría el año 1941. Atrás habían quedado el silencio capcioso de las granadas de mano y el fulgor de las bombas.  Ahora el color del ocaso sólo era comparable a la descomposición de la metralla por el óxido y la salitre en días de lluvia. La llegada de la noche aplacaba ya los últimos rayos del sol en un mano a mano de silencios y luciérnagas. El luscofusco del veinte de agosto era sólo un atardecer más en el devenir de la Historia. O un atardecer menos. Sin embargo había algo raro. Un regusto amargo. Aquel dulce crepúsculo, aquel manso y apacible transcurrir de la naturaleza y del verano, quedaba diezmado por el disonante y abominable canto del pájaro cabra.

Toquemos madera.

La leyenda de esta ave es de esas que parte del techo para tocar el suelo.
Cada vecino recogía la historia de sus ancestros y aportaba un toque propio de experiencias u oídas. De generación en generación el pájaro cabra ha sido una señal, una contraseña como las vieiras amarillas del Camino de Santiago, aunque no como un elemento más de un acto de fe para alcanzar la Puerta Santa, sino como un indicio, un aviso de la posada escogida por la muerte para cobijarse esa noche. La respuesta general ante el espantoso trino, sobre todo desde mediados del siglo pasado cuando la creencia comenzó a hacerse más fuerte, fue siempre una profunda cautela. Los oriundos solían guardar silencio y  mirarse unos a otros con estupor cuando oían de fondo a este ejemplo vivo del mal augurio. Algunos incluso optaban por encerrarse en sus casas hasta que aquel murmullo lejano y enlatado, como una mustia banda sonora, cesaba o acudía a su encuentro. Hubo también quien hizo apología de un férreo escepticismo particular que el tiempo se encargó de fracturar en aras de la efectividad aplastante de la leyenda. El ave, cual sirena mitológica, cantaba al anochecer siempre cerca de su alma moribunda. Por las mañanas la campana de la iglesia era la encargada de dar la noticia: uno menos.

Mi abuelo siempre decía que, ya fuesen certezas místicas o leyendas paganas, el pájaro cabra nunca fallaba.
Pues bien, corría el año 1941 y corría también Fermín monte arriba como sólo puede hacerlo un maquis en tiempo de guerrillas o un hombre enamorado al que acaban de pillar medio desnudo en un granero a punto de sucumbir a la tentación de la carne sin el amparo de la unión matrimonial...

No hay comentarios:

Publicar un comentario