Corría el año 1941. Atrás habían quedado el silencio capcioso
de las granadas de mano y el fulgor de las bombas. Ahora el color del ocaso sólo era comparable
a la descomposición de la metralla por el óxido y la salitre en días de lluvia. La llegada de la noche aplacaba ya los
últimos rayos del sol en un mano a mano de silencios y luciérnagas. El luscofusco
del veinte de agosto era sólo un atardecer más en el devenir de la Historia. O
un atardecer menos. Sin embargo había algo raro. Un regusto amargo. Aquel dulce crepúsculo,
aquel manso y apacible transcurrir de la naturaleza y del verano, quedaba
diezmado por el disonante y abominable canto del pájaro cabra.
Toquemos madera.
La leyenda de esta ave es de esas que parte del techo para
tocar el suelo.
Cada vecino recogía la historia de sus ancestros y aportaba un
toque propio de experiencias u oídas. De generación en generación el pájaro
cabra ha sido una señal, una contraseña como las vieiras amarillas del Camino
de Santiago, aunque no como un elemento más de un acto de fe para alcanzar la Puerta
Santa, sino como un indicio, un aviso de la posada escogida por la muerte para
cobijarse esa noche. La respuesta general ante el espantoso trino, sobre todo desde
mediados del siglo pasado cuando la creencia comenzó a hacerse más fuerte, fue siempre una profunda cautela. Los oriundos solían guardar silencio y mirarse unos a otros con estupor cuando oían
de fondo a este ejemplo vivo del mal augurio. Algunos incluso optaban por
encerrarse en sus casas hasta que aquel murmullo lejano y enlatado, como una mustia
banda sonora, cesaba o acudía a su encuentro. Hubo también
quien hizo apología de un férreo escepticismo particular que el tiempo se encargó de
fracturar en aras de la efectividad aplastante de la leyenda. El ave, cual sirena mitológica,
cantaba al anochecer siempre cerca de su alma moribunda. Por las mañanas la
campana de la iglesia era la encargada de dar la noticia: uno menos.
Mi abuelo siempre decía que, ya fuesen certezas místicas o leyendas
paganas, el pájaro cabra nunca fallaba.
Pues bien, corría
el año 1941 y corría también Fermín monte arriba como sólo puede hacerlo un maquis en
tiempo de guerrillas o un hombre enamorado al que acaban de pillar medio desnudo en
un granero a punto de sucumbir a la tentación de la carne sin el amparo de la
unión matrimonial...
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