...es el Sol pero podríamos hablar de la estrella Terracota
Norte 45 si se nos antojase denominarla de ese modo. Lo mismo da que da lo
mismo. Existe una jerarquía natural, vital. Un orden existencial. Una admiración
divina. Un culto y un respeto tan grandes que incluso la más
pérfida de las mentes definiría al Sol como el sumo pontífice de una tiranía
primigenia en el reino natural.
El Sol ha alcanzado ya su nirvana y existe a pesar de
nosotros aunque sea aquí donde se le haya dado un nombre. De no ser así sería
un ente más pululando por el cosmos. Su funcionamiento es perfecto en medio de esta
amalgama de energías y explosiones incontroladas de gas y materia. Porque el
Sol simplemente es, aunque sea sin ropa, sin tildes, sin mayúsculas ni fotosíntesis.
Ejemplifica una especie de culmen existencial, la idea de perfección pero,
¿ sólo el Sol?
No. Ese brillo esencial
e innato, esa energía que mana de lo más profundo de las entrañas forma parte también del ser humano. A fin de
cuentas somos también materia, ¿no? Bebemos
de ese concepto de que solamente hacia dentro somos cristal, desnudez y pureza.
En el fondo somos luz y sólo a partir de ella, de su descubrimiento, podremos alcanzar
la supernova. Pero eso es algo que tendremos que descubrir sin ayuda, sin roles
ni máscaras. Ahí será cuando el Universo entero emprenda un rumbo hacia la catarsis
de las esencias, hacia lo primigenio lejos de la contaminación del alma y del
espíritu. Lejos de toda convención, religión o norma. Es la apología del desencanto, la vuelta al
comienzo. Reset e inicio.
A partir de entonces volveremos a ser partículas suspendidas
en el aire, fetos aún por nacer en busca de nuestro cúmulo estelar, de nuestro
Universo
de nuestro Sol.
No hay comentarios:
Publicar un comentario